La disputa entre Rafael López Aliaga y Roberto Sánchez ya no amenaza solo el resultado. Amenaza con dinamitar la legitimidad del proceso y empujar al país a un choque de resentimientos.

Perú no está contando solo votos. Está contando fósforos.
La cerrada disputa entre López Aliaga y Sánchez por el pase a la segunda vuelta ha entrado en la zona más tóxica de toda democracia, aquella en la que el escrutinio deja de ser un procedimiento y se convierte en combustible político. El país llegó a esta elección con 35 candidatos, una fragmentación feroz y una segunda vuelta prevista para junio. Lo que hoy se está incubando no es una simple controversia electoral. Es una crisis de legitimidad en cámara lenta.
López Aliaga habló de fraude antes del cierre. Sánchez actúa como si la atropellada final ya le hubiera entregado el boleto. Entre uno y otro han levantado el escenario perfecto para que el resultado, cualquiera sea, llegue herido. Y un resultado herido, en un país partido, no cierra nada. Lo abre todo.
Si López gana, quedará flotando una pregunta incómoda. ¿En qué queda su grito anticipado de fraude? ¿Fue una advertencia legítima frente a irregularidades reales o una coartada preventiva por si no le alcanzaba? Si termina imponiéndose, habrá contribuido a erosionar la confianza en el mismo sistema del que luego reclamará reconocimiento. Pan para hoy, veneno para mañana.
Si Sánchez pierde, tampoco habrá tregua. La izquierda radical no leerá esa derrota como un simple desenlace ajustado, sino como un despojo político. Y entonces aparecerá el libreto más explosivo de todos. Fraude contra el pueblo. Fraude contra las regiones. Fraude de Lima contra el interior. En un país donde el resentimiento territorial ha sido alimentado durante años, esa narrativa puede incendiar más de una plaza.
Ese es el punto más peligroso. López Aliaga es fuerte en Lima. Sánchez tiene arraigo en buena parte del interior. Si el recuento final queda atrapado entre sospechas, impugnaciones y relatos cruzados de victimización, la pelea dejará de ser entre candidatos y empezará a sentirse como una colisión entre dos países que hace tiempo se miran con desconfianza. Uno que cree que sostiene el orden. Otro que cree que siempre llega tarde al reparto y que, cuando por fin se acerca, le cambian la mesa.
La clase política ha sido tan mezquina, tan irresponsable y tan corta de miras que ha empujado al Perú al borde de un precipicio donde casi cualquier resultado puede ser usado como detonante. Ha sembrado odio, ha alimentado agravios y ha trivializado la palabra fraude hasta convertirla en fósforo.
La bomba de tiempo ya está armada. Lo único que falta saber es quién decide detonarla.
