Marisol Pérez Tello pasó de defender la democracia liberal a justificar cualquier cosa con tal de derrotar al fujimorismo. Y en ese camino, terminó pareciéndose a todo lo que decía combatir.

Hubo un tiempo en el que Marisol Pérez Tello representó algo extraño en la política peruana. Moderación. Prudencia. Capacidad de diálogo. Era el rostro amable de un Partido Popular Cristiano envejecido, pero todavía conectado a ciertos valores republicanos. Hablaba de institucionalidad, de consensos, de democracia. Se vendía como una política capaz de tender puentes en un país enfermo de polarización.
Hoy parece atrapada exactamente en aquello que decía combatir.
Su tránsito político ya no es una evolución doctrinaria. Es una deriva emocional. Un progresismo radicalizado donde el antifujimorismo dejó de ser postura política para convertirse en obsesión personal. Porque una cosa es cuestionar a Keiko Fujimori. Otra es estar dispuesta a mirar hacia otro lado frente a proyectos políticos claramente inspirados en el manual latinoamericano de demolición institucional.
Ahí está la contradicción brutal.
Mientras ella habla de democracia y Estado de derecho, el entorno político de Roberto Sánchez promueve una Asamblea Constituyente calcada del libreto de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Procesos que comenzaron prometiendo inclusión y terminaron concentrando poder, persiguiendo opositores y convirtiendo la democracia en una fachada utilitaria.
¿De verdad Pérez Tello no entiende el peligro?
Lo entiende perfectamente. Y eso hace todo más grave.
Porque ya no se trata de ingenuidad política. Se trata de prioridades deformadas por el resentimiento ideológico. El antifujimorismo se convirtió en una religión moral en la que cualquier aliado es válido si sirve para derrotar al enemigo. Aunque ese aliado juegue con fuego institucional. Aunque ese aliado relativice libertades. Aunque ese aliado admire modelos que destruyeron democracias desde adentro. Ejemplos hay de sobra.
Ese es el problema de quienes convierten la política en pulsión emocional. Terminan justificando aquello que antes denunciaban.
Pérez Tello hablaba de unión. Hoy alimenta trincheras. Hablaba de concertación. Hoy normaliza discursos de confrontación permanente. Hablaba de institucionalidad. Hoy parece dispuesta a relativizarla mientras el adversario sea derrotado.
Y ahí aparece el gran fantasma que la persigue. El espejo.
Porque después de tantos años denunciando los excesos autoritarios del fujimorismo, corre el riesgo de terminar validando otro proyecto igual o más peligroso, solo porque viene envuelto en banderas distintas.
La tragedia política de Marisol Pérez Tello es que terminó demostrando que, en el Perú, algunos no luchan realmente por la democracia. Luchan únicamente contra el enemigo que aprendieron a odiar.
