Durante veinticinco años no tomaron Palacio. Tomaron algo más importante. El relato, las instituciones y la memoria. Mientras el país producía, emprendía y sobrevivía, otros aprendían a ocupar sigilosamente los espacios donde se decide quién es culpable, quién gobierna, quién educa y quién informa.

El Perú del 2026 no apareció de la nada. No nació en una campaña electoral ni en un debate presidencial. Es el resultado de una paciente construcción política, cultural e ideológica iniciada tras la caída del régimen de Alberto Fujimori en el año 2000.
Aquel derrumbe no solo cerró una etapa. Abrió una revancha histórica.
Desde entonces se instaló una narrativa única. Fujimori debía convertirse no solo en un expresidente cuestionado, sino en el origen absoluto de todos los males nacionales. Había que convertir al fujimorismo en un pecado original permanente. Y lo lograron. El antifujimorismo dejó de ser una postura política para transformarse en la identidad más poderosa del país. El verdadero partido transversal del Perú.
No importaba quién gobernara. Toledo, García, Humala, Kuczynski, Castillo, Boluarte u otro. Todo terminaba desembocando en el mismo libreto. El enemigo debía seguir siendo Fujimori. Incluso preso. Incluso anciano. Incluso enfermo. Fuera del poder desde hacía décadas.
Mientras millones de peruanos trabajaban, emprendían y sobrevivían lejos del Estado, un sector políticamente organizado entendió que el verdadero poder no estaba solamente en las urnas. Estaba en las instituciones. En los organismos electorales. En las fiscalías. En los tribunales. En las universidades. En los medios. En las ONG. En la producción cultural, ideológica y académica. Allí empezó una ocupación silenciosa, sostenida y profundamente ideológica. En resumen, una tergiversación histórica y una manipulación doctrinaria.
La Comisión de la Verdad y Reconciliación, creada en 2001, terminó convirtiéndose para muchos sectores en algo más que un esfuerzo legítimo de memoria histórica. Se transformó en el punto de partida de una reinterpretación política del terrorismo. El lenguaje empezó a cambiar. Ya no era terrorismo. Era ‘conflicto armado interno’. Ya no eran simplemente victimarios. También aparecían explicados como expresión de causas históricas, sociales y estructurales. La semántica hizo el trabajo que las balas no pudieron concluir.
Así comenzó una peligrosa relativización moral donde, para una generación entera de jóvenes, Abimael Guzmán y Alberto Fujimori terminaron colocados en el mismo plano histórico. Así les contaron la historia durante años. Verdugos y quienes derrotaron al terror aparecieron mezclados en una narrativa cuidadosamente administrada desde espacios académicos, culturales y políticos.
Al mismo tiempo, organismos vinculados ideológicamente a la izquierda radical fueron ganando presencia política bajo distintos disfraces electorales. El senderismo entendió algo que las armas no le permitieron conseguir. La democracia podía ser utilizada para erosionar la propia democracia desde dentro.
Y mientras tanto, el sistema político tradicional se suicidaba solo. La corrupción destruyó presidentes, partidos y liderazgos. La justicia se politizó. La política se judicializó. Fiscales convertidos en celebridades. Jueces convertidos en actores políticos. Expedientes convertidos en armas de demolición selectiva. Para unos, prisión preventiva. Para otros, blindaje moral y mediático.
Hoy el Perú llega otra vez a una encrucijada histórica. Un país económicamente resistente pese a su precariedad institucional. Un país donde el 75% vive en la informalidad porque el Estado castiga más de lo que ayuda. Un país partido por odios incubados durante décadas.
Por eso esta segunda vuelta no enfrenta solamente a dos candidatos. Enfrenta dos relatos sobre el Perú. Uno imperfecto, lleno de errores y culpas. El otro dispuesto a refundarlo todo mientras ofrece una nueva promesa de redención política y reivindicación social.
La tragedia es que las repúblicas rara vez se derrumban de golpe. Primero se vacían por dentro. Y quizá eso es exactamente lo que hemos estado viendo durante los últimos veinticinco años.
Al final, esta elección no trata sobre nosotros. Trata sobre el Perú que heredarán quienes todavía no pueden votar.
Que Dios se apiade del Perú, porque este país que nos vio crecer no merece caer en manos de quienes llaman justicia a la revancha, memoria al odio, prosperidad al asistencialismo, Estado al estatismo, libertad a la censura y poder a la refundación.
