Con un empate estadístico en la mano, Roberto Sánchez decidió hablar como presidente electo.

Hay derrotas que se celebran y victorias que se administran con prudencia. Lo ocurrido anoche fue algo distinto. Roberto Sánchez decidió festejar un resultado que todavía no existía.
Horas antes había sido cauteloso. Los ‘boca de urna’ le eran adversos y la diferencia favorecía a Keiko Fujimori. Entonces habló de serenidad, respeto a los resultados y espera responsable. Pero bastó que aparecieran los conteos rápidos que lo colocaban unas décimas arriba, dentro de un margen que impedía determinar un ganador, para que la prudencia se evaporara más rápido que las promesas de campaña.
Sánchez no salió a esperar. Salió a proclamarse.
Subió al balcón, saludó a sus seguidores y habló como si el país ya hubiera emitido un veredicto definitivo. El problema no fue la celebración. Todos los candidatos celebran. El problema fue el discurso.
Mientras las encuestadoras, los observadores y los especialistas repetían que se trataba de un empate estadístico, Sánchez hablaba de recuperar la democracia, recuperar el gobierno y recuperar el sistema de justicia. No parecía un candidato aguardando el conteo oficial. Parecía un líder anunciando una restauración política.
Y allí apareció el verdadero Sánchez.
No el hombre prudente de las primeras horas. No el candidato que pedía cautela. Sino el dirigente que divide al país entre pueblo y enemigos, entre los puros y los corruptos, entre quienes encarnan la voluntad popular y quienes, según su relato, la han secuestrado.
La palabra recuperación encierra una premisa peligrosa. Supone que alguien se apropió de aquello que ahora debe ser devuelto. Supone también que existe un grupo con legitimidad exclusiva para representar al pueblo. Esa lógica suele terminar mal. Porque cuando un sector se atribuye el monopolio de la representación popular, todo el que discrepa deja de ser adversario para convertirse en obstáculo.
Más llamativa aún fue su referencia al sistema de justicia. Lo presentó como una estructura copada por un supuesto pacto mafioso que necesita ser recuperada. La pregunta es sencilla. ¿Cómo piensa hacerlo?
Porque el próximo presidente del Perú no es un monarca. No puede reformar el sistema judicial por decreto. No puede rediseñar instituciones constitucionales por voluntad propia. No puede alterar la arquitectura del Estado sin acuerdos políticos ni mayorías parlamentarias.
Y allí aparece una realidad incómoda para el relato épico del balconazo.
Sánchez no tendría una mayoría suficiente en el Congreso para emprender las reformas profundas que promete. Ni para modificar estructuras constitucionales. Ni para rehacer el sistema de justicia. Ni para refundar el país a golpe de discursos y consignas.
Quizá por eso el tono de anoche resultó tan revelador.
Cuando aún no había ganado, ya hablaba como si hubiera vencido. Cuando todavía no tenía el poder, ya anunciaba transformaciones que dependen de otros. Y cuando el país necesitaba prudencia para atravesar una elección extremadamente ajustada, eligió la confrontación.
Los grandes líderes entienden que la mitad del país que no votó por ellos también forma parte de la nación que deberán gobernar. Los caudillos, en cambio, suelen hablar como si la victoria les otorgara una patente de representación exclusiva.
A veces los balcones no sirven para observar mejor la realidad. Sirven para perder de vista dónde termina el entusiasmo y dónde empieza la soberbia. Porque si los resultados oficiales no confirman la historia que empezó a contar desde ese balcón, alguien tendrá que hacerse responsable de las expectativas que decidió encender antes de tiempo.
