La elección de las Mesas Directivas del Congreso será mucho más que un reparto de cargos. Será la primera pulsada para saber si el nuevo gobierno podrá gobernar o empezará cercado desde el Parlamento.

La primera batalla política del nuevo periodo constitucional no se librará en Palacio de Gobierno. Se librará en el Congreso. Las listas ya fueron inscritas y las posiciones quedaron definidas. En el Senado, Miguel Torres encabeza la lista de Fuerza Popular junto a representantes de su bancada y de Renovación Popular. Al frente, Óscar Barragán lidera la lista conformada por Obras, Juntos por el Perú, Ahora Nación y Buen Gobierno. Más que una elección interna del Congreso, el país asistirá a la primera pulsada política entre el gobierno que aún no asume y una oposición decidida a marcar territorio desde el Legislativo.
La tensión es evidente. También la incertidumbre. Lo que está en disputa no es únicamente quién presidirá ambas cámaras. Está en juego el tono de la relación entre el Congreso y el gobierno que iniciará funciones en los próximos días.
La izquierda peruana ha descubierto una nueva doctrina democrática. Cuando gobierna, controlar el Congreso es gobernabilidad. Cuando pierde, que el partido ganador aspire a conducirlo se convierte, según su relato, en copamiento institucional.
Ese doble rasero explica la ofensiva para impedir que Fuerza Popular presida siquiera una de las dos cámaras. No se discuten nombres, capacidades ni programas legislativos. Se ha decretado, antes de votar, que el fujimorismo carece de legitimidad para ocupar espacios que las urnas sí le concedieron. La exclusión pretende presentarse como una defensa de la democracia, cuando en realidad cuestiona el resultado de las urnas.
Las cifras explican la magnitud de la disputa. En el Senado, Fuerza Popular tiene 22 representantes y Renovación Popular 8. Juntas alcanzan exactamente 30 de los 60 escaños. Al frente, Juntos por el Perú suma 14, Buen Gobierno 7, Obras 5 y Ahora Nación 4. El bloque opositor también reúne 30 votos. No existe una mayoría aplastante contra el gobierno. Existe un empate perfecto que convierte cada voto secreto en una decisión sobre estabilidad o confrontación.
En Diputados, el panorama es distinto. Fuerza Popular reúne 41 escaños y Renovación Popular 15, un total de 56. La coalición integrada por Juntos por el Perú, Buen Gobierno, Obras y Ahora Nación suma 74 de los 130 diputados. Allí la oposición sí cuenta con los votos suficientes para controlar la Mesa Directiva y condicionar, desde el primer día, la agenda política del nuevo gobierno.
Mención aparte merece Jorge Nieto. El líder de Buen Gobierno aseguró que no se sentaría con sectores que él mismo vinculó al senderismo. Hoy, sin embargo, su rechazo al fujimorismo parece pesar más que aquella declaración. Para cerrar el paso al nuevo gobierno termina compartiendo bloque con quienes antes decía rechazar. No es solo una contradicción personal. Es el reflejo de una política donde la animadversión al adversario termina imponiéndose sobre la coherencia del discurso. “Don Tibio” vuelve a hacer honor al apelativo. Cuando llega el momento de optar entre la coherencia y la conveniencia política, siempre encuentra una forma de ubicarse donde más incomoda al adversario y mejor sirve a sus propios intereses.
Nadie escuchó a la izquierda denunciar un supuesto copamiento del Estado cuando Alejandro Toledo u Ollanta Humala gobernaban con congresos políticamente alineados. Aquello era gobernabilidad. Hoy, con un gobierno que no les pertenece, el mismo escenario pasa a convertirse, según su relato, en una amenaza para la democracia. No cambió la Constitución. Cambió el color político de quien ganó las elecciones.
La reconciliación prometida empieza, entonces, con un veto. Quienes hablan de tender puentes han conformado una alianza cuyo primer objetivo parece no ser legislar, sino impedir que el gobierno ejerza, en igualdad de condiciones, las facultades políticas que otros gobiernos sí ejercieron sin cuestionamientos. La fiscalización fortalece la democracia. El obstruccionismo la debilita.
En el Senado, donde el empate es absoluto, bastaría un solo voto para romper el equilibrio. El carácter secreto de la elección convierte esa posibilidad en un escenario perfectamente posible. Quedará por verse si alguno decide votar pensando primero en la gobernabilidad del país antes que en la disciplina de bloque.
La elección de mañana no decidirá únicamente quién preside el Congreso. También mostrará quién está dispuesto a respetar el mandato de las urnas y quién prefiere empezar el nuevo periodo político levantando su primer muro.
La democracia no consiste en aceptar las reglas cuando se gana y desconocerlas cuando se pierde. Si la reconciliación empieza negando al vencedor el espacio político que las urnas le otorgaron, nunca fue reconciliación. Fue, desde el principio, una estrategia para conservar el poder por otros medios.
Ese es el verdadero resultado que mañana también estará en juego.
