Ahora resulta que Dina Boluarte no solo gobierna, también tiene superpoderes: puede estar en Palacio firmando decretos mientras yace convaleciente en una clínica privada con el rostro vendado. ¿Multitasking quirúrgico? ¿Desdoblamiento presidencial? No se sabe. Lo que sí queda claro es que la presidenta miente más de lo que un cirujano promete en una consulta gratuita. Y ahora, el bisturí de la verdad lo ha manejado el mismísimo doctor Mario Cabani, quien con una carta notarial de 26 páginas ha hecho lo que no ha podido hacer el Congreso en un año: dejarla totalmente expuesta.

Boluarte negó las cirugías. Después dijo que fue solo la nariz. Luego aseguró que todo fue ambulatorio. Y finalmente, que la historia clínica era tan irrelevante como una caries. Pero Cabani la desmiente punto por punto: hubo internamiento, hubo múltiples intervenciones, y sobre todo, hubo miedo. Porque según él, la presidenta y su séquito han hostigado al personal médico para que no hable. O sea, la señora quiere que le crean, pero amordazando a los que saben la verdad. Transparencia con anestesia general.
¿Y qué decir del 29 de junio? Mientras el país estaba en feriado, Dina firmaba un decreto supremo desde Palacio. El problema es que, según la clínica, ese mismo día ella estaba bajo vigilancia médica, con suero en una mano y gasas en la otra. ¿Quién firmó entonces? ¿Un holograma patriótico? ¿Un ministro imitador? La única cirugía menor aquí parece haber sido la ética presidencial, porque lo demás ha sido grave, largo y con secuelas institucionales.

Esto no es solo un escándalo de vanidad mal disimulada. Es una acumulación de mentiras. Ya mintió con los Rolex. Mintió sobre el cofre presidencial. Y ahora miente sobre su cara nueva. A PPK lo vacaron por una mentira sobre contratos con Odebrecht. ¿Boluarte? Ella ha mentido tanto que ya no se sabe si la mentira es ella o si ella es solo una máscara más del cargo. Pero claro, aquí seguimos discutiendo si el artículo 117 de la Constitución la cubre como una bata quirúrgica ante el desangre moral del país.
El cinismo ha sido tal que, incluso en su defensa, su abogado sale con frases como ‘no cabanizar la agenda legal’. Vaya nivel de argumentación: memes jurídicos para una crisis de Estado. Lo cierto es que una presidenta que se esconde detrás de una cortina de bisturís, que amedrenta a médicos y manipula versiones oficiales, no solo pierde autoridad: pierde la legitimidad completa. No estamos ante un tema estético, sino ético. Y en política, la ética no se maquilla.
La carta del doctor Cabani no es solo una queja médica. Es, irónicamente, un diagnóstico político. Y el pronóstico es claro: la presidenta está en estado de vacancia moral permanente. Si en este país aún queda un ápice de vergüenza institucional, esta carta debería ser el primer paso para que Dina Boluarte, como buena paciente que no quiere enfrentar al espejo, simplemente sea dada de alta… pero del cargo. Porque ya no representa a nadie. Ni siquiera a su propia cara.

