La suspensión célere de Benavides no es justicia: es el sello caviar marcando territorio.

La justicia en el Perú ya no es una dama ciega; es una señora con visión selectiva, lentes ideológicos y bufanda progresista. Lo ocurrido con la ex Fiscal de la Nación, Patricia Benavides, no es un episodio aislado, sino el síntoma más reciente de un sistema infectado por los tentáculos de una mafia que ha logrado capturar no solo el discurso, sino el poder real. La ‘suspensión temporal’ por 24 meses —dictada por el Poder Judicial en tiempo récord— no busca justicia, busca neutralizar. ¿A quién? A la única figura que había sido restituida por la propia Junta Nacional de Justicia (JNJ), ese órgano que antes la destituyó como quien despacha un trámite.
La doctora Benavides fue separada de su cargo por una resolución exprés, sin debido proceso, sin pruebas firmes, solo con el mágico ‘presuntamente’, ese conjuro perfecto con el que la caviarada se da el lujo de destruir vidas y trayectorias enteras. Cuando la propia JNJ enmendó la plana y reconoció que su destitución no cumplía con los estándares legales, ya era tarde. La maquinaria ideológica había entrado en acción. La fiscal Delia Espinoza, que no la reconocía como titular, solicitó su suspensión. Y el Poder Judicial, tan oportuno como nunca, se apresuró a concederla. ¿Cómo se suspende a alguien que, según la misma demandante, no está en funciones? Misterio digno de Kafka. O de IDL. Mientras otros fiscales con investigaciones abiertas continúan cómodamente en sus cargos, a Benavides se le aplica nuevamente una suspensión relámpago, aun sin ejercer funciones. Justicia selectiva, con sello ideológico.
La estrategia es clara. Si Benavides apela, no obtendrá una resolución al menos en dos meses. Tiempo suficiente para que quienes hoy detentan el control del Ministerio Público consoliden su hegemonía. No se trata de justicia, se trata de poder. Poder para archivar lo que conviene. Capacidad para perseguir al enemigo político. Herramienta para blindar a los aliados del cogollo progresista. Y todo esto orquestado con una narrativa de legalismo forzado, en nombre de la objetividad y el debido proceso, pero solo cuando conviene al guion.
La justicia peruana, a estas alturas, ha perdido el pudor. Ya no pretende parecer neutral. Hoy actúa como brazo armado de una facción que ha hecho del ‘presuntamente’ su herramienta favorita para destruir sin ensuciarse. Si alguien todavía duda del poder de la mafia caviar, es porque no ha entendido este operativo de precisión. Aquí no se sancionan delitos comprobados. Aquí se castiga a quienes se atreven a incomodar al sistema. Urge ya una reforma total del sistema judicial peruano.
Esto no es justicia. Es revancha disfrazada de jurisprudencia.
¿Alguien duda aún de que la justicia ha sido tomada por una mafia organizada?
¡Yo, no!


LOS ANTECEDENTES DELINCUENCIALES DE SU FAMILIA Y DE ELLA MISMA LO CONDENAN ANTE LA VISTA Y OÍDO DE MILLONES DE PERUANOS .SERÍA PEQUEÑO ESPACIO PARA DESCRIBIR SOBRE LA HERMANA SUELTA NARCOS POR CIENTOS DE MILES DE DÓLARES PARA SOLTAR PECES GORDOS MIENTRAS QUE MILES DE BURRIERS CUNPLEN SU CONDENA.VANE SE UNIÓ A MAFIOSOS SIN CONDENA.
Agradezco su comentario, pero permítame invitarlo a reflexionar con serenidad. Muchas de las afirmaciones que hoy circulan sobre la señora Benavides y su entorno —incluidas las de exasesores como Jaime Villanueva— aún no han sido corroboradas por la Fiscalía ni por los aspirantes a colaboradores eficaces. Hasta el momento, más allá del ruido mediático, los hechos siguen siendo solo dichos. Y eso no es una opinión, es una constatación.
En un Estado de derecho, la culpabilidad no se presume, se prueba. La inocencia no se afirma por simpatía, se respeta por principio. La señora Benavides será culpable solo si un juez, en juicio oral, así lo declara. Hasta entonces, todos —sin excepción— debemos sujetarnos al principio de presunción de inocencia, que no es un tecnicismo legal, sino una garantía que protege a cualquier ciudadano frente a la arbitrariedad.
Nadie aquí la defiende per se. Se defiende la institucionalidad, la legalidad y el debido proceso. Porque si mañana aceptamos la justicia al gusto o según el personaje, más adelante podríamos ser nosotros —o alguien que estimamos— los que suframos las consecuencias de una justicia mediática o emocional, no jurídica.
Y, finalmente, es urgente superar la justicia selectiva. La justicia debe ser predictiva y coherente, es decir, aplicar igual para situaciones iguales. Eso es lo que sostiene el sistema anglosajón a través de la jurisprudencia. Si no defendemos esto hoy, mañana no tendremos con qué defendernos.
Solo eso. Gracias por el espacio.