El presidente del JNE eligió responder por escrito a Perú21, en lugar de dar la cara en una conferencia de prensa.

Roberto Burneo finalmente habló. Pero no habló de frente al país. No compareció en una conferencia de prensa, no se sometió a la repregunta, no se paró delante de una ciudadanía irritada para explicar por qué la primera vuelta terminó convertida en una suma de fallas, parches y desconfianza. Eligió una entrevista escrita y desde allí administró una versión pulcra de la crisis, una versión donde todo suena razonable, sereno y bajo control.
Ese detalle no es menor. En política, la forma también habla. Y aquí la forma dice bastante. Dice cálculo. Dice prevención. Dice temor a que una pregunta abierta rompa el libreto. Burneo optó por el terreno más cómodo, el papel, la respuesta medida, la frase revisada, el escudo de la redacción controlada. Lo hizo en el peor momento posible, cuando el país no esperaba prosa institucional, sino coraje público.
En la entrevista insiste en que no cederá a presiones. Nadie sensato podría pedirle que ceda a amenazas, menos aun cuando se ha rozado a su familia. Pero el problema no está allí. El problema es que Burneo usa esa verdad elemental para envolverse en una pose de firmeza, como si aquí el reclamo fuera un berrinche callejero y no una crisis de legitimidad provocada por un proceso severamente cuestionado. Porque el propio JNE declaró inviables las elecciones complementarias, pero al hacerlo reconoció graves deficiencias en la organización del proceso y tuvo que dictar medidas extraordinarias para contener el daño, entre ellas ampliaciones de horario y una jornada adicional en determinados locales de Lima Metropolitana. Ahí sí todo era legal.
Allí aparece la gran inconsistencia. Burneo habla como si se hubiera tratado de tropiezos manejables, de una contingencia incómoda, pero corregible. Sin embargo, las misiones de observación no vieron un episodio menor. La Misión de la Unión Europea pidió investigaciones exhaustivas e independientes sobre lo ocurrido, mientras la OEA reportó retrasos importantes en la apertura de mesas y problemas en la ampliación de la jornada, especialmente en Lima Metropolitana y el Callao.
El cargo le quedó grande. No por las protestas, sino por su manera de encarar el fondo del problema. Burneo ha respondido como un funcionario aferrado al cronograma y no como una autoridad consciente de que la confianza pública también es un bien que debe protegerse. Se refugia en plazos, tecnicismos e interpretaciones restrictivas, pero evita la pregunta decisiva. ¿Cómo se reconstruye la legitimidad de un proceso que una parte importante del país siente que no fue limpio ni normal? Lo admiten las encuestas.
Por eso su entrevista en Perú21 no transmite convicción. Transmite cautela defensiva. Da la impresión de un hombre que intuye que las cosas no se hicieron bien, que comprende el tamaño del descrédito, pero que prefiere esconderse detrás de la forma escrita para no exponerse al fondo. No suena a firmeza. Suena a pusilánime. A un presidente del JNE que no lidera la crisis, sino que intenta administrarla a distancia, con la esperanza de que el calendario haga el trabajo que él no se atrevió a hacer.

