Roberto Sánchez ya no selecciona cuadros. Recolecta residuos de notoriedad. Y José Domingo Pérez encaja perfecto en esa campaña, en la que el escándalo vale más que la solvencia.

Hay incorporaciones que no suman prestigio. Suman sospecha. La de José Domingo Pérez al equipo de Roberto Sánchez pertenece a esa categoría. No representa un golpe de autoridad ni una señal de solvencia técnica. Representa, más bien, la bancarrota moral y política de una candidatura dispuesta a colgarse de cualquier nombre que todavía conserve algo de eco, aunque ese eco venga mezclado con fracaso, activismo y oportunismo.
Sánchez ha querido vender el fichaje como una apuesta por la reforma judicial. Lo que en realidad ha hecho es otra cosa. Ha puesto en vitrina a un personaje que hace tiempo dejó de encarnar la objetividad que se exige de un fiscal y pasó a exhibir, sin demasiados rodeos, su vocación de operador político. José Domingo Pérez no cayó por exceso de virtud. Cayó por sus propios límites. Por su pobre desempeño. Por sus cuestionamientos. Por ese deterioro progresivo que terminó por derrumbar la ficción del fiscal heroico que cierta prensa infló durante años con devoción casi religiosa.
Lo de Pérez fue siempre menos épico de lo que quisieron vender. Mucho micrófono, mucha pose, mucho gesto severo, mucho foco. Pero la justicia no se mide por la teatralidad del personaje, sino por la solidez de sus actos. Y allí el supuesto campeón de la lucha anticorrupción empezó a desinflarse hasta quedar reducido a lo que hoy es, un rostro ideologizado, un activista togado venido a menos, una figura que ya no persigue delitos con imparcialidad, sino causas con camiseta.
Su tránsito hacia la defensa del golpista Pedro Castillo terminó de despejar cualquier duda. Allí ya no hubo matices. Allí se terminó de caer el decorado. El fiscal mediático, elevado durante años a la condición de cruzado anticorrupción, acabó abrazando la defensa del símbolo más obsceno del desgobierno, la improvisación y la demolición institucional reciente. Y todavía hay quien pretende presentarlo como pieza de una futura reforma del sistema judicial. Eso ya no es ironía. Es cinismo puro.
Pero también hay que mirar a Sánchez, porque este fichaje lo describe con brutal precisión. No estamos ante un candidato que construye una propuesta seria. Estamos ante uno que colecciona figurines, que junta retazos, que recluta personajes con recordación pública para ver si logra fabricar una apariencia de peso político. Le da lo mismo la consistencia ideológica, la trayectoria real o el pasivo del invitado. Lo único que importa es que sirva de adorno electoral por un rato.
Y allí aparece otra postal miserable de esta operación. Pérez ni siquiera pertenece de verdad a esa izquierda más áspera y montaraz con la que hoy se deja abrazar. Viene de esa izquierda de café, caviar, que se mira al espejo como aristocracia moral del país. Pero cuando el cálculo aprieta, las purezas se licuan. Sánchez lo recluta porque le sirve. Pérez acepta porque le conviene y porque padece una visible abstinencia de notoriedad. No hay doctrina ahí. Hay necesidad, vanidad y apetito de poder.
Sánchez no ha fichado a un reformador. Ha fichado a un emblema del uso político de la justicia. Y cuando alguien así es ofrecido como pieza central de una futura reforma judicial, la promesa deja de oler a limpieza institucional y empieza a apestar a captura, revancha y facción con sello oficial. En esa alianza no hay convicción. Hay utilidad recíproca. Y en la política carroñera, la utilidad dura exactamente hasta que el otro deja de servir.
