Carranza defendió un modelo. Francke intentó maquillar el suyo. El papel habló más fuerte que el debate.

Vale detenerse en el bloque económico del debate técnico entre los equipos de Fuerza Popular y Juntos por el Perú por una razón elemental. De allí saldrá la plata para todo lo demás. Sin crecimiento, inversión, empleo y estabilidad fiscal, las promesas sobre salud, educación, infraestructura, agro y seguridad quedan reducidas a buenos deseos con micrófono.
El bloque dejó una imagen bastante clara. Luis Carranza, por Fuerza Popular, fue a defender una idea de país. Pedro Francke, por Juntos por el Perú, pareció ir a defenderse de la idea de país que representa su propia coalición. Y quizás, en esa operación de maquillaje, terminó despedazando el plan original de Juntos por el Perú para ensamblar su propio ‘Franckestein’.
Carranza habló de orden económico, inversión privada, equilibrio fiscal, autonomía del Banco Central, empleo y reducción de pobreza. Su mensaje fue simple y directo. Sin inversión no hay empleo. Sin empleo no baja la pobreza. Sin estabilidad no llega inversión. Podrá gustar o no, pero la ecuación fue clara.
El punto de quiebre apareció cuando el debate aterrizó en la informalidad. Carranza planteó una ruta simple. Más inversión privada para crear empleo, menos trámites para formalizar y créditos con garantías para que las pequeñas empresas puedan crecer sin depender del favor político. Francke, en cambio, ofreció S/ 15 mil millones en crédito barato para pequeños empresarios. Suena bien en campaña, pero exige una pregunta incómoda. ¿Crédito productivo o subsidio con otro nombre? Porque cuando el Estado reparte crédito barato sin explicar quién asume el riesgo, la factura casi siempre termina socializándose.
Carranza colocó además un dato difícil de esquivar. En 2022, bajo el ciclo político de Castillo, del que Francke fue ministro de Economía, la inversión privada no creció y se perdieron 393 mil puestos de trabajo. Esa cifra golpea más que cualquier consigna. Mientras Francke prometía inversión privada desde el atril, Carranza le recordó algo incómodo. Ese espacio político ya tuvo una oportunidad para generar confianza y produjo exactamente lo contrario.
Francke, en cambio, llegó con una tarea más incómoda. No solo tenía que explicar una propuesta económica. Tenía que convencer al país de que Juntos por el Perú no es tan estatista, tan intervencionista ni tan riesgoso como su propio plan de gobierno sugiere. Por eso habló de respeto a los contratos, estabilidad macroeconómica, autonomía del Banco Central y continuidad de Julio Velarde.
Pero el plan dice otra cosa. Plantea una nueva Constitución, cuestiona las bases del modelo económico y habla incluso de construir una alternativa al capitalismo, al que responsabiliza de generar más pobreza y desigualdad en el Perú. La pregunta es si Francke construyó una narrativa calculada para tranquilizar al centro o si salió ‘por la libre’, sin pleno respaldo de Sánchez y de su coalición.
En cualquier caso, la contradicción queda servida. Si Francke dice la verdad, el plan exagera. Si el plan dice la verdad, Francke maquilló. Y si sus electores votaron por ruptura, nueva Constitución y alternativa al capitalismo, lo de anoche no fue moderación. Fue, cuando menos, una incómoda sensación de mandato traicionado.
Una cosa es el técnico convocado para tranquilizar mercados y otra muy distinta es la coalición que lo rodea. Allí pesan las ideas de la izquierda dura, el viejo reflejo estatista, el antiempresa disfrazado de justicia social y una tentación constituyente que no aparece por accidente. Francke podrá sonar moderado, pero el poder real no siempre está en quien habla bonito durante tres minutos.

El bloque dejó una duda incómoda. ¿Juntos por el Perú está moderando su propuesta o está escondiendo su verdadero plan? ¿Sánchez firmaría una hoja de ruta sincera o apenas una servilleta electoral para cruzar la segunda vuelta?
En economía, la confianza no se improvisa. Carranza defendió su plan. Francke pasó buena parte del debate tratando de desmentir el suyo.
