Cuando el país exige definiciones, Jorge Nieto elige lavarse las manos. Viciar el voto no es neutralidad, es mirar el abismo desde el balcón y llamarlo prudencia.

Jorge Nieto Montesinos acaba de confirmar una vieja sospecha. Hay políticos que, puestos frente a una decisión histórica, prefieren refugiarse en la estética de la superioridad moral antes que asumir el costo de una definición. El excandidato del Partido del Buen Gobierno ha anunciado en conferencia de prensa que viciará su voto en la segunda vuelta. No votará por una opción. No tomará partido. No se ensuciará los zapatos. Escribirá en la cédula una frase bonita, como si el país necesitara caligrafía moral y no coraje político.
Nieto no es un improvisado. Ha sido ministro, analista, candidato, hombre de Estado en distintos tramos de su recorrido público. Tonto no es. Precisamente por eso su decisión resulta más grave. Porque sabe perfectamente que una segunda vuelta no es un seminario de ciencia política ni una tertulia para discutir matices. Es una elección concreta entre dos posibilidades reales de poder.
Y en esa realidad aparece Roberto Sánchez, no como una abstracción incómoda, sino como un proyecto político extremo con señales bastante claras. Su cercanía con Antauro Humala, las simpatías hacia modelos constituyentes inspirados en la experiencia boliviana, los ecos del chavismo y las denuncias sobre personajes vinculados a entornos radicales no son adornos marginales de campaña. Son advertencias. Son luces rojas. Son parte de una arquitectura política que nadie responsable debería minimizar.
Pero Nieto prefiere hablar de polarización. Es el viejo truco del centro satisfecho consigo mismo. Cuando la realidad incomoda, se declara que ambos extremos son igualmente malos y se coloca uno por encima de la pelea, como si la equidistancia fuera automáticamente virtud. No siempre lo es. A veces es simple cobardía con buena dicción.
Lo que trasluce esta postura es algo más conocido y menos confesable. Un anti fujimorismo tan rígido, tan emocional, tan convertido en identidad, que termina pesando más que el análisis del riesgo país. Ese reflejo, tan típico de cierto sector caviar peruano, confunde coherencia con obsesión y principios con fobias políticas. Para ellos, cualquier salida parece tolerable siempre que no implique votar por Keiko Fujimori.
El país necesita dirigentes capaces de sobreponerse a sus odios particulares cuando la democracia está en juego. Líderes que entiendan que la historia no siempre ofrece candidatos ideales, sino decisiones incómodas.
Nieto ha elegido lavarse las manos. El problema es que la historia no absuelve a quienes, pudiendo advertir el desastre, prefirieron cuidar la blancura de sus guantes. Porque en política hay votos que no eligen gobierno, pero sí revelan carácter. Y el voto viciado de Nieto no solo mancha la cédula; desnuda su tibieza.
