Tello reclama independencia para la justicia, pero pretende marcar los límites de la palabra presidencial. La autonomía no puede funcionar en una sola dirección.

En una democracia los poderes se controlan, se contradicen y hasta se incomodan. Lo que no hacen es concederse mutuamente permiso para hablar.
Keiko Fujimori cuestionó ante la Asamblea de las Naciones Unidas la prolongación durante décadas de procesos contra militares y policías que enfrentaron al terrorismo y planteó reparos sobre el respeto al debido proceso. Sus afirmaciones pueden discutirse, criticarse o desmontarse. Eso también es democracia.
Lo sorprendente vino después.
Janet Tello, presidenta del Poder Judicial, rechazó esas palabras, exigió una rectificación y sostuvo que eran afirmaciones que no podía ‘permitir’.
¿Permitir?
Una sola palabra puede desnudar toda una actitud.
Porque una cosa es defender al Poder Judicial y otra, bastante distinta, asumir que desde su presidencia se administra el límite de lo que puede opinar la jefa del Estado.
La contradicción resulta aún más evidente porque, durante el Día del Juez, la propia Tello sostuvo que afectar la independencia judicial pone en peligro la democracia y la Constitución. También defendió que esa independencia no constituye un privilegio corporativo.
Entonces la regla debería ser elemental.
La autonomía no puede ser un escudo para unos y una mordaza para otros.
Fujimori no anuló una sentencia, apartó magistrados ni dictó cómo resolver un expediente. Expresó una posición política sobre la actuación de la justicia. Tello tiene todo el derecho de contestarle. Lo discutible es pretender además la rectificación, como si discrepar con el Poder Judicial necesitara salvoconducto.
Catón tuvo en Roma el cargo de censor. La República peruana no contempla una figura equivalente.
Cuando un poder empieza a decidir qué puede decir otro, deja de defender su independencia y comienza a invadir la ajena.
La separación de poderes no significa silencio entre instituciones. Significa límites.
Y aquí convendría recordar uno elemental.
Ningún poder del Estado lleva corona. Y mucho menos posee la palabra de los demás.
