El Gobierno de Fujimori apenas empieza y la izquierda más beligerante ya busca dónde estrellarlo. El condicionamiento al Senado revela la apuesta: impedirle maniobrar y culparla del choque. Como si el Perú no viajara en el mismo barco.

El Gobierno debía salir con facultades. El Senado, con instrucciones. Esa fue la pretensión más descarada de una jornada de más de doce horas de debate que terminó autorizando apenas veinte puntos sobre seguridad y El Niño, por noventa días. El recorte podía discutirse. Exigir obediencia anticipada a otra cámara era convertir la deliberación en chantaje político.
Rossana Alayza asumió el protagonismo con vocación de vedette política. El país necesitaba facultades; ella, el centro del escenario. Sin garantías del Senado sobre lo acordado en Diputados, no habría delegación. La diputada de Buen Gobierno convirtió la urgencia nacional en moneda de negociación. Antes de enfrentar al crimen, había que satisfacer a la bancada.
La senadora Lourdes Alcorta llamó ‘majadería’ al pedido. Miguel Torres recordó que el Senado puede aprobar, rechazar o modificar sin desnaturalizar el proyecto. Ambos marcaron el límite que algunos diputados pretendían borrar. Una cámara revisora no se elige para ratificar lo que otra le dicte. Mucho menos para firmar, por adelantado, su propia irrelevancia.
La maniobra revela una ambición precisa. Esta izquierda quiere controlar desde la oposición la capacidad de navegar del Ejecutivo sin asumir responsabilidad por los resultados. Quieren mandar sobre el rumbo y responder como pasajeros. La fiscalización se convierte así en un régimen de permisos, donde quienes no gobiernan aspiran a decidir cuánto puede gobernar quien ganó.
Para las materias excluidas recomiendan presentar proyectos de ley. Ya discutirán. Ya consensuarán. Ya veremos. Después de lo ocurrido en la Comisión de Constitución, ¿qué credibilidad tiene esa invitación? ¿Qué confianza merece una promesa de deliberación formulada por quienes exigen que el Senado renuncie a deliberar? La demora ofrece una rentabilidad política obscena. Primero hacen esperar al Gobierno; después le preguntan por qué no gobierna.
La operación necesita su relato. Todo remite a los noventa, cualquier decisión anticipa una dictadura y el apellido reemplaza al argumento. El pasado ajeno tiene cadena perpetua; el propio sale por falta de memoria. Esa amnesia selectiva permite pontificar sobre gobiernos fallidos sin rendir cuentas por las responsabilidades del propio sector. Ruth Luque, Jaime Quito, Víctor Cutipa y Silvana Robles formaron parte del espacio político que sostuvo al castillismo. Cambiar de ubicación en el hemiciclo no borra la trayectoria.
Pero ningún bloque viene soldado. Renovación Popular también impulsó el dictamen recortado y debe explicar hasta dónde llega su coincidencia con el Gobierno. Del otro lado, ¿cuánto resistirá la coalición opositora cuando afloren sus discrepancias ideológicas, económicas y territoriales? La unidad contra alguien suele durar más que el acuerdo sobre algo. Fujimori necesita leer esas diferencias, identificar interlocutores y negociar decisiones concretas. Los juramentos de lealtad no sustituyen los votos.
El comando unificado policial y militar anunciado por la presidenta debe producir resultados verificables. También necesita una comunicación precisa que explique avances, identifique obstáculos y distinga responsabilidades. No basta con actuar si la ciudadanía no puede reconocer qué cambió y para qué sirvió. Ni paciencia convertida en resignación ni propaganda presentada como gestión. Un anuncio puede ganar un titular; la autoridad se gana cumpliéndolo.
Y ninguna aventura fuera de la Constitución. Repetir el cinco de abril sería representar el papel que sus adversarios ya le escribieron y entregarles la justificación que llevan meses ensayando. La firmeza exige dominar las herramientas constitucionales, no buscar una salida por encima de ellas.
Keiko Fujimori tendrá que gobernar sin concederles esa narrativa y sin convertir la obstrucción en excusa para sus propias deficiencias. Pero la ciudadanía también debe distinguir entre quienes advierten un peligro y quienes lo buscan para tener razón. Una oposición que apuesta al desastre puede ganar una discusión y hacer perder al país.
Buscan el iceberg que hunda a Fujimori. En el Titanic, el agua no preguntó quién estaba contra el capitán.

