Roberto Sánchez quiso conducir el bloqueo y terminó exhibiendo los límites de su liderazgo. Obras respaldó las facultades y dejó al bloque intransigente con una incómoda evidencia. Compartir adversarios no garantiza compartir decisiones.

Roberto Sánchez adoptó el sombrero de Pedro Castillo y estuvo cerca de llegar a Palacio. Pero un símbolo puede ayudar a reunir votos sin otorgar autoridad sobre quienes los emiten. En el Senado acaba de recibir una explicación bastante menos amable que un consejo de imagen.
Con 35 votos a favor, 18 en contra y seis abstenciones, el Senado aprobó la delegación de facultades legislativas por noventa días, sobre 27 materias relacionadas con la seguridad ciudadana y la prevención frente a El Niño. El Gobierno consiguió el respaldo del Senado. Sánchez, una demostración pública de los límites de su conducción.
Fuerza Popular y Renovación Popular sumaban treinta escaños. Necesitaban treinta y uno. Sobre esa diferencia descansaba la expectativa del bloqueo. Mantener alineados a los adversarios del Ejecutivo y convertir cada voto faltante en una herramienta de presión. Una propuesta singular de cooperación democrática. Primero impedir que actúe; después preguntarle por qué no resuelve.
Pero Obras decidió acompañar las facultades. Sus senadores rompieron, en esta votación, la disciplina del rechazo y dejaron expuesta la fragilidad de la coalición promovida por el excandidato y hoy asesor de bancada.
Sánchez había confundido las coincidencias contra el Gobierno con un liderazgo propio.
Daniel Barragán añadió una frase incómoda para los profesionales del impedimento. ‘No somos oposición, somos solución’. Lo decisivo fue respaldarla con votos. La intransigencia descubrió que sus aliados también podían votar sin seguirla.
Eso no exime al oficialismo de justificar las siete materias añadidas en comisión ni de responder los cuestionamientos sobre las atribuciones de Diputados. Una mayoría permite aprobar una decisión, pero no despeja por sí sola los cuestionamientos sobre el procedimiento. Y el Gobierno deberá producir resultados. Las facultades no capturan delincuentes ni levantan defensas ribereñas por sí solas.
Pero exigir resultados también supone permitir que el Gobierno actúe. El crimen organizado no concede treguas para recomponer alianzas. El Niño tampoco espera a que Sánchez termine de pasar lista.
La votación no certifica una ruptura definitiva, pero sí una derrota concreta. El sombrero prestado de Castillo había servido para construir el personaje electoral. No alcanzó para acreditar al conductor parlamentario.
Sánchez quiso demostrar que el Gobierno no podía avanzar sin su permiso. Obras votó y deshizo la amenaza. Se le voló el sombrero y quedó al descubierto lo poco que mandaba. Tanto disfraz de caudillo para terminar de asesor sin obediencia.

