Keiko cerró filas con Astudillo y exigió definiciones. Quizá terminó la ingenuidad de esperar reciprocidad. Ahora necesita aislar a quienes apuestan por su fracaso. No hacerles el favor de conseguirles aliados.

‘Los perros ladran, señal que estamos avanzando’. La frase ofrece una comodidad formidable. Permite contabilizar las críticas como resultados. Si protestan, acertamos. Si protestan más, estamos haciendo historia. Con semejante termómetro, hasta una derrota parlamentaria puede parecer una ovación mal pronunciada.
Keiko Fujimori la empleó para respaldar a César Astudillo tras el enfrentamiento en el Senado. El debate se descompuso cuando Ruth Luque reclamó una reforma policial, el ministro la interrumpió e Íber Maraví entró al choque. Entre gritos de ministros y senadores, la seguridad ciudadana quedó esperando turno. Iban a discutir cómo recuperar la autoridad y terminaron disputándose quién podía levantar más la voz.
Palacio necesitaba dejar claro que Astudillo no estaba solo. Keiko fue más allá y trasladó la disputa hacia las lealtades. Violencia o paz. Agresores o víctimas. Sendero y Movadef o Fuerzas Armadas y Chavín de Huántar.
Quizá ese mensaje expresa el agotamiento de una expectativa: que la reconciliación nacional ofrecida encontraría correspondencia incluso entre quienes consideran políticamente rentable el fracaso del Gobierno. Si Palacio empieza a descartar esa posibilidad respecto de JP y la izquierda más beligerante, deberá traducir el diagnóstico en estrategia.
Si uno tiende la mano y el otro responde con un puntapié, insistir ya no es apertura. Es candidez.
Pero había diferencias que aprovechar. Renovación Popular, Ahora Nación, Obras y Buen Gobierno promovieron en Diputados una alternativa sobre las facultades. Fuerza Popular la rechazó inicialmente, coincidiendo con JP por razones opuestas. El oficialismo quería ampliarlas; JP, archivar el pedido. Fracasadas las otras fórmulas, el oficialismo terminó respaldando el texto recortado.
La calculadora terminó haciendo el trabajo que no hizo la muñeca política.
Aquella propuesta no aseguraba una coalición, pero permitía negociar avances y dejar a JP solo en su defensa del archivo. Había interlocutores para un acuerdo concreto. Tratarlos como aliados permanentes habría sido ingenuo. Desperdiciar sus diferencias con JP resultaba igualmente torpe.
Ahora Keiko puede negociar compromisos verificables y dejar al obstructor explicando por qué rechaza cada herramienta. O puede repartir sospechas hasta volver políticamente costoso cualquier acercamiento a Palacio. En ese escenario, los sectores más radicales ganarían compañía sin haber moderado una sola posición.
Nada une tanto a adversarios distintos como un Gobierno empeñado en tratarlos como iguales.
El rechazo a Sendero y al Movadef debe ser inequívoco. Convertirlo en una prueba de obediencia al Ejecutivo facilita que quienes justifican el extremismo se presenten como simples discrepantes.
La respuesta exige votos, decisiones y resultados que hagan menos rentable apostar por el fracaso. La tribuna puede celebrar una frase. El país necesita comprobarla.
Que ladren no demuestra que avance. Que el país avance puede dejarlos ladrando solos.

