Hay países donde las elecciones sirven para elegir. Y hay otros, como este Perú de realismo grotesco, donde las elecciones sirven, ante todo, para revelar hasta qué punto el sistema puede burlarse de todos sin ponerse colorado.

La elección del 12 de abril ha dejado una postal que debería estudiarse en facultades de Derecho, pero como ejemplo de lo que jamás debe hacerse. Treinta y cinco candidaturas en competencia, un menú electoral para todos los gustos, humores y desgracias, y al final solo una candidata aseguró su pase a la segunda vuelta con poco más del 17% de los votos. Keiko Fujimori llegó. Con poco respaldo, sí. Con legitimidad discutible, también. Pero con boleto en mano, porque así funciona esta mecánica gloriosa diseñada por cerebros que alguna vez fueron llamados notables, aunque hasta hoy no se sabe notables en qué.
Detrás de ella, el espectáculo. Dos candidatos enfrentados voto a voto para disputar el otro cupo al balotaje. De un lado, Rafael López Aliaga, conservador, impetuoso y siempre al borde del estallido. Del otro, Roberto Sánchez, radical de izquierda y devoto imitador político del expresidente preso por golpista, Pedro Castillo. Dos visiones opuestas del país trabadas en una pelea de cantina, mientras la institucionalidad observa con la serenidad de un cobrador dormido.
Lo más admirable de esta tragicomedia no es siquiera la distancia mínima entre ambos, alrededor de 14 mil votos al 94% del conteo oficial. No. Lo verdaderamente enternecedor es que ese conteo parezca hecho con porotos y aritmética de primaria, como si la tecnología solo hubiese llegado al Perú para poner filtros en TikTok, pero no para contar votos con rapidez, certeza y decencia.
Y como en toda chapuza electoral que se respete, aparecen las célebres actas observadas. Más de 5 mil. Más de un millón de votos atrapados en el pantano procesal de observaciones, impugnaciones y recursos. Primero pasarán por los Jurados Electorales Especiales. Luego, si el enredo no basta, terminarán en el Jurado Nacional de Elecciones. Todo esto tomará semanas. Tres, cuatro, quizá hasta la quincena de mayo, si los dioses del expediente y el sello de recepción así lo permiten.
La maravilla final es esta. Dos candidatos deberán seguir en campaña por todo el país sin saber cuál de los dos está realmente en carrera. Uno compite por llegar. El otro compite sin saber si ya perdió. Y el país entero mira esta aberración como si fuese normal.
No son ironías de la vida. Son miserias del sistema.
