Un voto viciado impidió que la izquierda extendiera su control sobre todo el Congreso.

Sesenta senadores, dos bloques perfectamente alineados y un solo voto capaz de impedir que la coalición de izquierda se apoderara del manejo absoluto del Parlamento.
En la primera votación, la lista encabezada por Miguel Torres obtuvo 30 votos. La de Daniel Barragán alcanzó 29. El voto restante fue viciado. Ninguna candidatura consiguió los 32 votos requeridos, por lo que correspondía pasar a una segunda elección.
El bloque opositor intentó convertir aquel voto defectuoso en motivo de discusión. Fernando Rospigliosi cortó rápidamente el espectáculo. Fuera válido, blanco o viciado, la mayoría exigida no había sido alcanzada. No existía controversia alguna que resolver. Solo correspondía volver a votar.
La segunda elección se convirtió entonces en una prueba de disciplina y nervios. Fuerza Popular y Renovación Popular conservaron intactos sus 30 votos. El bloque integrado por Juntos por el Perú, Obras, Ahora Nación y Buen Gobierno volvió a quedarse con 29. Y, nuevamente, apareció el voto viciado.
Miguel Torres ganó la presidencia del Senado.
¿Error repetido, conciencia tardía o topo patriota? Su identidad probablemente permanecerá protegida por el voto secreto, pero su decisión tuvo una consecuencia decisiva. Impidió que la alianza opositora se apoderara también de la Cámara Alta, mientras se prepara para controlar la Cámara de Diputados.
La izquierda llamó equilibrio democrático a su pretensión de dominar ambas cámaras. Quería fiscalizar al Ejecutivo, administrar el Congreso y condicionar al nuevo gobierno desde el primer día. Todo el poder parlamentario en manos de una sola coalición, presentado, por supuesto, como un saludable contrapeso.
Un senador advirtió la contradicción y perforó el cerco desde dentro.
No sabemos quién fue. Tampoco importa demasiado. Lo cierto es que, por una vez, un voto viciado terminó corrigiendo una ambición perfectamente calculada.
A veces, hasta el error sabe de equilibrio.
