El debate no fue una fiesta de ideas. Fue una noche de sombras, cuchillos y etiquetas. Keiko llevó a Sánchez hacia Castillo y Antauro. Sánchez quiso arrastrarla al fujimorismo histórico, pero terminó abusando del golpe bajo, la frase fácil y una mentira demasiado grande para pasar inadvertida.

El debate entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez no pasará a la historia como una cátedra republicana. Fue otra cosa. Un combate áspero, por momentos útil y por momentos mezquino, en el que ambos candidatos intentaron cargarle al otro el peor miedo del país.
Keiko llegó con el peso de su apellido, del fujimorismo y de una resistencia ciudadana que nunca desaparece del todo. Sánchez llegó con la mochila de Castillo, Antauro y una izquierda que todavía no sabe explicar si gobernó mal, si no la dejaron gobernar o si simplemente prefiere no hacerse cargo. Ese fue el verdadero tablero de la noche. No se debatía solo quién tenía mejores propuestas. Se debatía quién daba más miedo.
Presentación
Keiko abrió con una idea simple, repetible y eficaz. El país debía escoger entre orden o caos. Habló de desesperanza, inseguridad, falta de agua y servicios básicos. No buscó conmover con una historia personal. Buscó instalar una disyuntiva.
Sánchez respondió desde la biografía. Hijo de la educación pública, sanmarquino, psicólogo, hijo de padres provincianos. Su frase buscó marcar cancha. ‘Yo sí he trabajado toda mi vida’. Fue una entrada más humana, sí, pero también más defensiva. Desde el inicio quiso decirle al país que él venía de abajo. El problema es que, muchas veces, confundió origen con superioridad moral.
Seguridad ciudadana
Este fue el mejor bloque de Keiko. ‘Te matan por un celular’ fue una de las frases de la noche porque no necesitó maquillaje. Explicó, en cinco palabras, el terror cotidiano del ciudadano común. Luego habló de extorsiones, transportistas, control de fronteras, unidades de flagrancia, policías y militares en zonas críticas.
Pero el golpe más duro llegó cuando encaró a Sánchez por Antauro Humala. Cómo hablar de seguridad, le vino a decir, si en sus filas aparece alguien señalado como asesino de policías. La frase fue brutal porque tocó una contradicción central. No se puede prometer orden mientras se coquetea con símbolos de violencia contra la autoridad.
Sánchez respondió con un dato fuerte. ‘Siete peruanos mueren cada día producto de la criminalidad’. Pero en lugar de sostener el bloque con propuestas, giró hacia el Congreso, las leyes pro crimen y el fujimorismo. Allí soltó una frase filuda. ‘La señora del caos con K’. Keiko respondió con mejor puntería. ‘Caos se escribe con C, con C de Castillo’. Fue un golpe seco, entendible y televisivo. Sánchez disparó. Keiko encuadró.
Democracia y derechos
Sánchez intentó llevar a Keiko al banquillo de la historia. Fujimorismo, Constitución del 93, derechos humanos, autoritarismo. Su estrategia era obvia. Recordarle al elector que Keiko no llega sola, sino acompañada por un pasado que todavía divide al país.
Keiko no entró de lleno a esa pelea. Giró hacia agua, titulación, postas, hospitales y presencia del Estado. No fue brillante. Fue táctico. A veces, en un debate, no responderlo todo es una forma de sobrevivir. Sánchez quiso encerrarla en el museo de los fantasmas. Keiko prefirió hablarle al vecino que no tiene agua, al paciente que no consigue cita y al peruano que siente que el Estado nunca llegó.
Educación y salud
Keiko tuvo mayor concreción. Telemedicina, cáncer y atención en zonas alejadas fueron propuestas fáciles de entender. Sánchez volvió a su relato personal y lanzó otra frase de contraste. ‘Yo no tengo tío que me pague los estudios’. Podía funcionar como ataque social, pero cayó demasiado cerca del terreno personal.
Peor fue cuando se presentó como ‘buen hijo, buen hermano y buen padre’, en una alusión evidente a Keiko. Ese fue uno de los momentos más bajos del debate. No por duro, sino por pequeño. Una cosa es cuestionar la trayectoria pública de una candidata y otra usar vínculos familiares como arma arrojadiza. Más aun tratándose de una dama y de un candidato que, en otro tramo, quiso realzar la figura de la mujer. Allí apareció una contradicción más del exministro castillista. Predicar respeto y practicar el golpe bajo no es firmeza. Es oportunismo con corbata.
Economía
Sánchez ofreció elevar la remuneración mínima a S/ 1,500 y crear un fondo de crédito. Mensaje directo al bolsillo, pero con escasa explicación sobre sostenibilidad. Keiko habló de autonomía del BCR, seguridad jurídica, inversión, MYPES y destrabe de proyectos. Su frase contra Sánchez fue sencilla. Prometer ahora lo que no hizo cuando fue gobierno era ‘puro floro’. En economía, Keiko sonó más ordenada. Sánchez sonó más voluntarioso.
Pero el derrape mayor llegó cuando Sánchez afirmó que Luis Carranza había dicho que Pedro Francke fue el mejor ministro de Economía. No fue una exageración de campaña. No fue un matiz interpretativo. Fue una mentira demasiado gruesa, tan gruesa que el propio Carranza tuvo que salir luego a aclararla. En un debate presidencial se puede confrontar, simplificar y hasta dramatizar. Lo que no se puede hacer es inventar un respaldo ajeno para realzar al técnico propio. Allí Sánchez no perdió solo una frase. Perdió credibilidad.
Cruces y tono
El debate tuvo momentos de grandeza menor. Keiko fue más clara en seguridad y economía. Sánchez conectó cuando habló de educación pública y origen popular. Pero también hubo bajezas visibles. Sánchez abusó del golpe personal. Keiko abusó de la asociación Sánchez, Castillo y Antauro. La diferencia es que una etiqueta política puede ser discutible, pero una puya familiar revela algo más profundo. Revela ansiedad por herir.
¿Hubo ganador? Sí. Ganó Keiko Fujimori. No por nocaut. No porque haya deslumbrado. No porque haya resuelto todas sus sombras. Ganó porque ordenó mejor sus mensajes, eligió mejor sus blancos y logró que Sánchez cargara buena parte de la noche con Castillo, Antauro y sus propias contradicciones.
Sánchez tuvo filo, pero le faltó altura. Golpeó, pero no siempre argumentó. Atacó, pero no siempre construyó. Quiso mostrarse como alternativa popular y terminó, por momentos, pareciendo un fiscal de agravios personales. Keiko no enamoró, pero resistió. No iluminó la noche, pero salió menos dañada.
El debate dejó una verdad incómoda. El Perú no parece votar con ilusión, sino con cálculo de daños. No busca un líder que lo enamore, sino alguien que no lo empuje otra vez al despeñadero. Y en esa noche de cámaras frías, frases afiladas y promesas a medio explicar, Keiko mostró más temple. Sánchez mostró que sabe golpear. Lo que no logró mostrar es que pueda gobernar.
