La disyuntiva no es política, es ética, aunque incomode al calendario.

Hay reuniones que no necesitan micrófonos para gritar escándalo. Basta una capucha, un chifa y un empresario chino proveedor del Estado para que la política peruana vuelva a recordarnos que aquí la casualidad es un lujo que nadie puede darse.
José Jerí no fue sorprendido en un chifa cualquiera ni en una reunión protocolar. Fue visto encapuchado, como quien no quiere ser reconocido, como quien sabe o intuye que lo que hace no resiste la luz del día. Cubrirse el rostro no es un detalle folclórico ni una excentricidad excusable. En política, quien se tapa la cara suele hacerlo para ocultar algo más que el frío.
La disyuntiva ahora es incómoda. Vacar o no vacar a un presidente a solo tres meses de las elecciones. Muchos sostienen, no sin algo de razón, que hacerlo sería un sinsentido institucional, un disparo al pie, un último salto al vacío en un país exhausto de sobresaltos. Pero el otro camino tampoco es gratis. Mirar al techo y silbar mientras se normaliza lo inaceptable.
Porque no estamos hablando de una reunión aislada ni improvisada. Las evidencias periodísticas señalan que la relación entre Jerí y el empresario chino precede a su llegada a la presidencia. No es un encuentro fortuito. Es una historia que viene de antes. Y cuando los vínculos cruzan el umbral del poder, dejan de ser privados y se convierten en asunto público.

El cuadro se vuelve más turbio cuando aparece el exministro acuñista del MTC, César Sandoval, quien denuncia sin titubeos que José Jerí intercedió, cuando congresista, para evitar la salida de David Hernández de la ATU. Cosa que no logró. No se trató solo de una gestión política de pasillo. A los pocos días de asumir el encargo presidencial, el encargado de la Presidencia repuso al cuestionado funcionario, pese a que sobre Hernández pesan serias denuncias de corrupción que ya eran de conocimiento público y que, nuevamente, Sandoval afirma haberlo advertido cuando Jerí ya era inquilino de Palacio. Y tienes los chats que lo prueban.
Casualidad que resulta difícil de creer cuando sobre la mesa hay una licitación pública por más de ciento doce millones de soles para instalar más de cuarenta mil cámaras de seguridad en el transporte urbano. Cámaras, fibra óptica, equipos tecnológicos. Todo un ecosistema de negocios donde, según la propia prensa, el empresario chino tendría intereses directos o indirectos.
Hernández sostiene que no hay empresas chinas participando de la licitación. Puede ser cierto. Pero en el Perú ya aprendimos que el negocio no siempre está en el servicio, sino en la venta del fierro. Y a veces ni siquiera en la licitación, sino en lo que la rodea.

Volvemos entonces a la pregunta incómoda. Qué hacer. Vacar a Jerí hoy podría satisfacer una exigencia moral inmediata, un mensaje claro de que la ética no tiene calendario electoral. Pero también abriría la puerta al escenario que más ansían ciertos sectores. El caos. Y ahí la izquierda y el progresismo caviar son especialistas. Pescan mejor en río revuelto. Ya lo demostraron antes. Gobernaron este quinquenio desastroso y hoy intentan reescribir la historia culpando a la derecha mientras se frotan las manos ante cualquier nuevo colapso institucional.
No vacarlo, en cambio, implica cargar con una verdad incómoda. Que el país tolera zonas grises mientras le convenga la estabilidad. Que se investiga, sí, pero sin tocar el timón hasta llegar al puerto electoral. No es una solución elegante. Es pragmática. Y el pragmatismo, aunque antipático, también forma parte de la política real.
La gran incógnita no es jurídica, es estratégica. Qué daña más al país hoy, la impunidad temporal o el caos inmediato. Entre la ética absoluta y el futuro posible, el Perú vuelve a elegir en un callejón estrecho.
Pero que no se equivoque nadie. La capucha no se olvida. Las reuniones en la sombra no se borran. Y las explicaciones a medias no absuelven. Si no hay vacancia, que no haya amnesia.
Porque al final José Jerí no está en el ojo de la tormenta por una foto incómoda, sino por lo que esa imagen revela. En política, cuando el poder se ejerce a escondidas, el problema no es la filtración. El problema es la costumbre.
