Keiko Fujimori debe perder el miedo a las etiquetas antes de que su Gobierno pierda el control del país.

La paciencia es un capital político que se consume rápidamente. La presidenta Keiko Fujimori la ha pedido, pero todavía no ofrece razones suficientes para concedérsela. Nadie espera que la inseguridad desaparezca en treinta días. Lo mínimo exigible es conocer el rumbo, las prioridades y los resultados que se pretende alcanzar. Eso todavía no ocurre y la incertidumbre empieza a ganar terreno.
El problema no es solamente de velocidad. Es de conducción.
El paquete legislativo continúa sin llegar al Parlamento, pese a que debió prepararse durante el periodo de transferencia. El Gobierno ha anunciado que será presentado esta semana. Habrá que ver no solo el contenido de las medidas, sino también la estrategia política para defenderlas frente a una izquierda castillista y algunos sectores radicales de Ahora Nación dispuestos a hacerle la vida imposible desde el primer día.
A ello se suma que todavía faltan nombrar dieciocho viceministros. El dato no es menor para un partido que llegó al poder asegurando que contaba con los cuadros necesarios para conducir con solvencia la administración pública. Las vacantes prolongadas no solo retrasan la gestión. También alimentan la percepción de improvisación.
Por añadidura, la comunicación oficial carece de un relato reconocible y sus asesores aún no logran aportar claridad. Después de dieciséis años buscando el poder, Fuerza Popular empieza a parecer desconcertada al ejercerlo.
En ese vacío, Fujimori ha optado por comunicarse mediante TikTok. La fórmula puede acercarla a la ciudadanía, humanizar su imagen y permitirle imponer mensajes sin intermediarios. Pero ninguna estrategia digital resiste demasiado tiempo sin resultados. Si las decisiones no acompañan al relato, la realidad terminará desmintiendo a la pantalla. TikTok puede amplificar un Gobierno. No puede gobernar en su lugar.
El contraste se vuelve más evidente en materia de seguridad, donde la escenografía vuelve a reemplazar a la estrategia. Enviar militares a vigilar paraderos y patios de maniobras puede producir imágenes de autoridad, pero los transportistas siguen siendo atacados y asesinados en las rutas. Insistir en fórmulas que ya fracasaron no es prudencia. Es perseverar en el error.
Allí se revela la contradicción que empieza a definir al Gobierno. Fujimori habla con determinación, proyecta autoridad y promete recuperar el orden, pero en la práctica concede, posterga y retrocede. Todo bajo una mentada reconciliación nacional que, hasta ahora, parece exigirle renuncias solamente a ella.
Reconciliar no significa abdicar ni gobernar pidiendo permiso a quienes desconocieron su triunfo. Tampoco supone renunciar al mandato recibido para restablecer el orden, recuperar el Estado y devolver tranquilidad a las calles. La reconciliación es necesaria. Convertirla en coartada para no decidir es algo muy distinto.
Keiko Fujimori gobierna con camisa de fuerza. Quiere demostrar que no es autoritaria y termina proyectando inseguridad. Busca contentar a tirios y troyanos, sin comprender que sus adversarios interpretan cada concesión como una señal de debilidad y cada retroceso como una invitación para avanzar.
Alberto Fujimori recibió un país quebrado, aislado y cercado por el terrorismo. Respondió con pragmatismo y decisión política. No se trata de reeditar el pasado ni de justificar sus excesos. Se trata de comprender una lección elemental: cuando la población se siente arrinconada, reclama autoridad. Autoridad no significa arbitrariedad, pero democracia tampoco puede ser sinónimo de parálisis.
Keiko no tendrá luna de miel. Por su apellido, sus adversarios no le concederán un solo día de tregua. Puede gobernar obsesionada con evitar etiquetas o gobernar decidida a transformar la realidad. No podrá hacer ambas cosas.
La ruta es estrecha, pero evidente. Decidir, ejecutar y explicar. Si devuelve orden y esperanza, tendrá el respaldo ciudadano. Si continúa temblando ante las etiquetas, sus detractores bailarán sobre los restos de su Gobierno.
