La banda está puesta. Falta demostrar el mando. Mientras Palacio calcula cómo no incomodar, el país espera decisiones y sus adversarios aprovechan cada demora.

Cincuenta y tres días alcanzan para mostrar un rumbo. No para resolver el Perú, pero sí para demostrar quién conduce. La reciente encuesta de Datum registra una caída del 60 % al 42 % de aprobación de Keiko Fujimori. El sondeo no explica por sí solo esos dieciocho puntos perdidos. Sí advierte que el crédito inicial se consume mientras Palacio parece discutir cómo incomodar menos.
La paciencia ciudadana tiene vencimiento. La inseguridad exige decisiones y El Niño amenaza con convertir cada demora en desastre. El Gobierno necesita prioridades reconocibles, responsables visibles y plazos verificables. La banda presidencial acredita el cargo, no garantiza el mando.
El premier Galarreta y el ministro de Economía Elmer Cuba registran apenas 31 % de aprobación. El desgaste compromete la conducción política y económica. Pero el Congreso tampoco puede celebrar. Senado y Diputados reciben 47 % y 45 % de desaprobación, respectivamente. El descrédito del Ejecutivo no convierte automáticamente a sus adversarios en alternativa. Aquí a nadie le sobra respaldo, pero todos creen que hundiendo al otro se mantienen a flote.
La disputa por las facultades revela una oportunidad que el Gobierno desaprovecha. Aunque el apoyo cayó, el 54 % todavía respalda otorgarlas. Ese respaldo exige explicar qué medidas urgen, negociar lo viable y ejecutar lo que ya permiten las atribuciones presidenciales. Ocho comisiones rechazaron el pedido. Convertir cada rechazo en una excusa para esperar sería concederles poder de veto sobre toda la gestión.
La izquierda radical puede obtener rédito del desgaste sin ofrecer soluciones. La alusión de Iber Maraví a las ‘rodilleras’ ante el canciller Carlos Espá y la expresión ‘estas cifras no son huevadas’ de Jesús Pérez frente al ministro César Astudillo retratan el nivel de confrontación de estos representantes de JP. La fiscalización exige respuestas, no un concurso de agravios. El Gobierno debe demostrar dónde termina el control legítimo y empieza la obstrucción. Denunciar sabotaje sin acreditarlo desgasta la denuncia. Acreditarlo y seguir esperando benevolencia desgasta al Gobierno.
Conciliar exige reciprocidad. Ofrecerla indefinidamente frente a una confrontación permanente termina premiando al agresor. Ceder para evitar cada conflicto acaba convirtiendo al adversario en quien decide. La comunicación política agrava el problema. No basta aparecer, anunciar o responder al último ataque. Hace falta explicar qué se hará, cuándo y con qué resultados. Un gobierno que no define su relato termina actuando dentro del relato enemigo. Ninguna campaña comunicacional puede maquillar indefinidamente la falta de decisiones.

No se gobierna con encuestas, pero tampoco ignorando sus efectos. Son una foto del momento que puede instalar una película de fracaso anticipado y erosionar el respaldo necesario para gobernar. La percepción peligrosa empieza a ser la de una presidenta que habla con autoridad, pero vacila al ejercerla.
Presidenta, recupere la determinación que caracterizó a su padre, dentro de los límites democráticos. Sus adversarios más radicales tienen incentivos para prolongar su desgaste. No les regale tiempo. La autoridad que usted no ejerce se convierte en ventaja para quienes la combaten.
Todavía conserva respaldo para corregir. Ordene el gabinete, construya acuerdos y gobierne con las atribuciones que ya tiene. La oposición responderá por sus bloqueos. Usted, por las decisiones que podía tomar y no tomó. No basta ocupar Palacio. Hay que ejercer la Presidencia. El país eligió una presidenta, no una invitada en su propio gobierno.
