Reportaje especial desde la provincia de San Antonio de Putina, Puno.

Enviados especiales
Texto: Luis Torrico Carassa
Fotos: José Anco Vilca
En lo alto de la región Puno, allí donde el frío apura a la gente a caminar más rápido y el viento levanta los recuerdos de siglos, existe un pueblo que decidió cambiar su destino sin esperar nada de nadie. Su nombre: Ajjatira. Su historia: una prueba de que la transparencia, la organización y la unión pueden mover montañas donde la burocracia no llega.
Un pueblo distinto en una provincia que avanza lento
El visitante que llega por primera vez descubre rápidamente que Ajjatira no se parece a otros centros poblados de San Antonio de Putina. Sus calles están trazadas con orden; las pistas y veredas, construidas con esfuerzo comunal, contrastan con las de otras zonas donde el polvo y el lodo dominan el paisaje. Varias viviendas alcanzan los tres pisos, una señal del empuje económico de sus habitantes.
Pero lo que más llama la atención no es la infraestructura: es la confianza. Más de 1,500 pobladores afirman sin dudar que creen en sus autoridades y que trabajan codo a codo con ellas. Y eso, en tiempos de desconfianza generalizada, es casi un milagro.

El día que dijeron basta
Los pobladores recuerdan con claridad el punto de quiebre. ‘Nos dimos cuenta de que si esperábamos al distrito, nunca íbamos a avanzar’, comenta un vecino mientras barre la entrada de su tienda. La capital distrital de Pedro Vilca Apaza no está lejos en distancia; pero si lo está en atención.
Entonces, la gente de Ajjatira decidió organizarse. Formaron comités, realizaron mingas, priorizaron obras y, sobre todo, exigieron que cada sol recaudado o recibido se administrara con absoluta claridad. ‘La transparencia no es un discurso, es una práctica diaria’, dicen ellos.
Gracias a esa organización comunal se levantaron colegios, se trazaron pistas y veredas, se instalaron sistemas de agua y desagüe y se mejoraron otros servicios básicos. Todo, sin depender de los alcaldes de turno del distrito, cuyos aportes —según los pobladores— han sido mínimos o inexistentes. ‘Si esperábamos al municipio, seguíamos como hace 20 años’, se escucha en boca de varios vecinos.

Alcalde Gregorio Curro
Autoridades locales que inspiran, pero también piden apoyo
Gregorio Curro López, alcalde del Centro Poblado Ajjatira, recorre casi a diario las obras y necesidades de la comunidad. Reconoce los logros, pero no oculta las carencias que aún los golpean. La principal: un puesto de salud que en la actualidad, solo atiende una vez por semana por falta de médicos. ‘No tenemos medicamentos básicos, ni equipamiento para una atención primaria digna’, lamenta.
Por su parte, Javier Arizapana Ticona, teniente gobernador de Ajjatira y presidente de los tenientes gobernadores del distrito de Pedro Vilca Apaza, es directo: ‘Tenemos un plan para seguir creciendo, pero no contamos con el apoyo de la autoridad distrital. Aun así, no vamos a parar’.

Ambos coinciden en lo que consideran la clave del avance: ‘La transparencia demostrada por los alcaldes del centro poblado nos mantiene unidos y nos motiva a trabajar’.
Ajjatira no solo es un ejemplo; también es un espejo. Un espejo incómodo para quienes creen que el subdesarrollo es inevitable o que las comunidades deben resignarse a esperar ayuda externa. Aquí, donde el frío cala los huesos y la geografía es un desafío diario, la gente decidió que el progreso dependa de ellos.
Y lo consiguió. Ajjatira demuestra que un pueblo unido puede lograr más que un presupuesto millonario sin voluntad. Que la transparencia no es un lujo, sino un motor. Y que cuando una comunidad se organiza, ningún abandono es suficiente para detenerla.

