Trujillo dejó al descubierto dos peligros, un crimen sin freno y un Gobierno demasiado apurado por declararse vencedor.

El secuestro de Jenss Lara Tantaquilla y el asesinato de cuatro personas en Trujillo exigían una respuesta inmediata. El Gobierno la ofreció con despliegue, capturas y felicitaciones. El problema es que la celebración llegó antes que las pruebas. La investigación apenas comenzaba, pero el poder ya quería anunciar el final.
La Policía Nacional presentó a cinco jóvenes como presuntos implicados y atribuyó participación directa a cuatro. Después aparecieron las grietas. Según expertos, sus contexturas no coincidirían claramente con las de los atacantes, quienes actuaron con armas largas, coordinación táctica y uniformes policiales. Los familiares aseguran tener videos y registros que ubicarían a algunos detenidos lejos del crimen. También denuncian detenciones irregulares y siembra de evidencias. Son alegaciones que deberán probarse, pero el dato más incómodo vino del propio Ministerio Público. El fiscal Jorge Chávez Cotrina advirtió que aún no existe evidencia científica suficiente para atribuirles categóricamente los hechos.
Cuando la Fiscalía pide cautela y el Gobierno reparte felicitaciones, algo está caminando al revés.
A ello se suma la captura en Bolivia de Jhonsson Pulpo mediante una importante operación internacional que involucró a autoridades peruanas y bolivianas, así como a agentes de la DEA y el FBI. Es un golpe valioso contra el crimen. Sin embargo, el seguimiento se realizaba desde enero y su detención no prueba que los cinco presentados sean los autores de la masacre. Una victoria policial no puede utilizarse para cubrir las dudas de otra operación. En seguridad, apresurar culpables no devuelve autoridad. La dinamita.
El episodio golpea al Gobierno justo cuando solicita 66 facultades para legislar durante 120 días. Allí aparece su segundo error. Lo que debía ser un paquete de emergencia terminó convertido en un almacén legislativo donde conviven extorsión, penales, El Niño, feriados, tasas de interés, bonos laborales, minería, Sedapal y hasta el Colegio de Artistas.
Cuando todo es urgente, nada lo es.
El Ejecutivo debió concentrarse en seguridad ciudadana y prevención frente a El Niño. Ambas amenazas bastaban para justificar facultades excepcionales, construir consenso y colocar a la oposición ante una responsabilidad histórica. Al inflar el pedido, abrió demasiados flancos y le entregó a la izquierda el pretexto perfecto para disfrazar el bloqueo de escrupulosidad democrática.
No necesitará inventar demasiado. Cuestionará la calificación de bandas como terroristas, el apoyo militar, la legítima defensa, la reforma de la DINI, la eliminación de topes a las tasas de interés y los bonos no remunerativos. Algunas observaciones son atendibles. Otras servirán para dilatar el trámite, desmembrar el paquete y presentar al Gobierno como autoritario, improvisado y subordinado a intereses empresariales. La oposición no necesita demostrar que puede gobernar. Le basta con conseguir que el Gobierno parezca incapaz de hacerlo.
Mientras tanto, El Niño costero y los efectos del evento global avanzan sin esperar decretos ni discursos. Si la prevención fracasa, el Gobierno quedará en el centro de una catástrofe anunciada. Haber sido advertido convierte la demora en omisión y la omisión en responsabilidad.

La Comisión de Constitución inició el trámite y se declaró en sesión permanente. Sin embargo, aún no existe un cronograma público para recibir a los ministros, debatir las 66 materias y votar el dictamen. La Junta de Portavoces tampoco ha programado su discusión en el Pleno. El reloj corre. La izquierda administrará cada demora y el Gobierno pagará cada error.
El Ejecutivo pidió herramientas extraordinarias. Ahora debe demostrar que no las quiere para construir victorias de utilería. Gobernar no es llegar primero al titular ni presentar culpables antes de que hablen las pruebas. Es decidir, demostrar y responder.
El país no necesita un Gobierno que gane la noticia por la mañana y pierda la verdad por la noche. Porque quien convierte la propaganda en sustituto de los resultados puede celebrar muchas victorias imaginarias, hasta descubrir que la única derrota verdadera es la suya.
