Antauro Humala no solo respaldó a Roberto Sánchez. Reveló una relación política incubada desde la cárcel, conectada con Juntos por el Perú, el castillismo y una narrativa de fraude que amenaza con incendiar la institucionalidad desde dentro.

La entrevista de anoche, en el programa ‘Sin rodeos’, a Antauro Humala dejó algo más que gritos, insultos y el viejo repertorio etnocacerista de siempre. Dejó una confesión política de enorme relevancia. Roberto Sánchez no aparece como un aliado accidental del ‘antaurismo’, ni como una opción de último minuto, ni como una coincidencia electoral de la izquierda dispersa. Aparece, según el propio Antauro, como parte de una relación política incubada desde años atrás, con visitas en prisión, intermediarios conocidos y una convergencia explícita entre nacionalismo, Juntos por el Perú y castillismo.
El dato no es menor. Antauro afirmó que Roberto Sánchez lo visitó en la cárcel de Chorrillos entre 2013 y 2014, acompañado por Yehude Simon. Dice además que Simon se lo presentó como ‘el sucesor’, como la persona con quien había que entenderse. Esa frase, si se toma en serio, revela una continuidad política que el país no puede mirar con ingenuidad. No estamos ante una simple alianza de campaña. Estamos ante una ruta de acumulación de poder en la que confluyen viejos operadores de izquierda, sectores radicales, nacionalismo antisistema y el castillismo que aún sueña con volver por la puerta grande después de haber demolido al país desde Palacio.
Pero lo más peligroso no es solo el origen de la alianza. Es su narrativa. Antauro habla de un proceso ‘fraudulento de saque’, pues acusó directamente a Burneo de haber tachado su postulación, y sostiene que la tarea es luchar para que ‘no se consuma’. Esa no es una frase decorativa. Es un lenguaje de desconocimiento institucional, de presión sobre el sistema y de legitimación anticipada del conflicto. Cuando un actor político condenado por el Andahuaylazo habla de impedir que un proceso ‘se consuma’, el país tiene derecho a encender todas las alarmas.
Roberto Sánchez debe responder. No con evasivas, no con frases tibias, no escondido detrás de la palabra ‘democracia’. Debe explicar qué tipo de entendimiento tiene con Antauro Humala, desde cuándo existe, qué se negoció, qué se prometió y qué papel cumple el castillismo en esta convergencia. Porque el silencio, en política, también comunica. Y en este caso comunica demasiado.
El Perú ya conoce el costo de normalizar radicalismos por cálculo electoral. Ya vio cómo se blanqueó a Pedro Castillo hasta que fue demasiado tarde. Ya vio cómo los aventureros llegan al poder envueltos en discursos populares y terminan atacando las instituciones desde adentro.
Lo de Roberto Sánchez y Antauro Humala no es una anécdota. Es una advertencia. Cuando la cárcel, el castillismo y la izquierda radical empiezan a hablar de continuidad política, el país no está frente a una alianza democrática. Está frente a un pacto de alto riesgo con inscripción electoral. Advertidos estamos.
