LA BANDA DE ACUÑA

Muchos pensaron que ‘El César’ Acuña había perdido la chaveta, cuando lo vieron aparecer en su estudio envuelto en una sábana blanca y con una corona de laurel- que también tenía hongos- cercándole la cabeza. Había sido demasiado para él confirmar que en todo el territorio apenas había llegado al 3% de los votos y perdido la inscripción electoral.
La Ñaña lo miró con lágrimas en los ojos, mientras besaba la mano que él había extendido con un ademán exagerado. Todo estaba en penumbra en la residencia de La Molina, pues por orden de ‘El César’ se había cubierto con sábanas todas las ventanas, incluyendo las del estudio en el que ahora se encontraba, rodeado de sus tesoros más preciados: una réplica en miniatura de su casa de adobe en Ayaque y un juego de ajedrez diseñado por Jonathan Adler.
‘El César’ iba a decir algo, cuando el rugido de dos aviones F-16 Block 70 Fighting Falcon enviados por Donald Trump lo hicieron perder los papeles y lanzarse en clavado al piso, ante la mirada escrutadora que proyectaban desde los cuadros colgados en la pared Galan García, Alejo Troledo, PPK y Ollanta Fumala.
– ¡Earthquake! Perdón… ¡Temblor!- gritó la Ñaña- ¡Vámonos a Miami, papi, que allá no pasa esto!
Entonces- cuando fue notificado por su personal que sólo se trataba de una demostración- ‘El César’ Acuña empezó a delirar en voz alta, mientras hacía cuentas con los dedos: ‘Dos y dos son cuatro… Cuatro y dos son ocho… Y ocho veintiséis! Todo encajaba en su afiebrado cerebro: Trump lo quería secuestrar, entre gallos y medianoche, como había hecho con Nico Inmaduro. Por eso había forzado la compra de los 24 aviones caza, a pesar del berrinche del precario Balcázar. Por eso había perdido las elecciones hasta en Tacabamba y por eso también agentes encubiertos tipo Schwarzenegger ahora le soplaban la nuca.
– ¡Vámonos a Madrid!- gritó otro de sus vástagos, cuando ingresaba corriendo.
– ¡No!- replicó ‘El César’- También nos han empapelado allá, solo por pagar en efectivo 1′200,000 euritos por el chalet de La Moraleja, donde quería que la Pantoja me cantara al oído su ‘Marinero de Luces’.
La pieza quedó en silencio.
¡Pá, tengo una idea!- dijo uno de los mozalbetes que había estado metido de pico y patas en la César Vallejo College de Miami, hasta abril del 2024- ¿Recuerdas que tu amigo Crucinta te puso la banda presidencial en la San Antonio Abad del Cusco?
– ¡Claro!- contesto ‘El César’ Acuña, ciñéndose la sábana que creía toga. Luego de un largo silencio, exclamó: ¡Eso es! Si me pusieron la banda presidencial y nadie ordenó que me la quitara… Eso quiere decir que… ¡Soy el presidente!
El hombre selló la idea con un emotivo beso en la frente de su vástago, quien no cabía en su pellejo de satisfacción. Luego vinieron las coordinaciones para cercar la casa con una reja parecida a la de Palacio y contratar a los guachimanes de toda la urbanización que quisieran hacer de Húsares de Junín.
‘El César’ Acuña, incluso, pidió que le fabricaran un bastón de mando y el Gran Collar de brillantes que distinguen al jefe de Estado peruano. Cuando todo parecía listo, se oyó una voz femenina en un rincón:
– ¡Pá, mejor vámonos a Abu Dabi!
Uno de los guardaespaldas que hasta ese momento había guardado silencio, dejó de leer el periódico en el que se hablaba de los ataques de Irán a Dubái… Pero no dijo nada.
