El 17 de mayo quedó marcado por el ataque terrorista de Chuschi contra las urnas. Que el JNE proclame resultados ese mismo día revela una falta de olfato institucional difícil de justificar.

Hay fechas que una autoridad electoral no debería tratar como simple trámite administrativo. El 17 de mayo de 1980, Sendero Luminoso quemó ánforas electorales en Chuschi, Ayacucho, en vísperas de las elecciones generales. No fue una anécdota rural ni un episodio menor. Fue un atentado contra la voluntad popular, contra la democracia y contra la idea misma de que el poder nace de las urnas.
Por eso resulta incomprensible que, cuarenta y seis años después, el Jurado Nacional de Elecciones haya decidido proclamar oficialmente los resultados de la primera vuelta precisamente un 17 de mayo. Advertir esta coincidencia no significa rendir homenaje a los asesinos ni convertir su calendario en referencia nacional. Todo lo contrario. Significa negarse a normalizar una fecha asociada al primer golpe senderista contra la democracia peruana.
La alarma no está solo en el calendario. Está, sobre todo, en el contexto. Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú, será proclamado acompañado por una coalición donde investigaciones periodísticas han identificado a congresistas electos con vínculos con el Movadef, organización considerada durante años como fachada política del senderismo. También aparecen nombres asociados a sectores radicales. Pretender que eso es apenas una anécdota incómoda, o maquillarlo bajo el discurso de la ‘pluralidad democrática’, es una forma peligrosa de mirar hacia otro lado.
Chuschi simbolizó el ataque frontal contra la democracia. Quemar ánforas era negar el sufragio y desconocer la voluntad ciudadana. Hoy la inquietud es distinta. El riesgo no está en una repetición literal de aquella escena, sino en la posibilidad de que sectores vinculados a ese viejo radicalismo lleguen al poder usando los mecanismos democráticos que antes combatieron.
Y allí aparece otra paradoja. Roberto Burneo, cuestionado por su conducción del JNE, tampoco parece haber advertido el peso político de la fecha escogida. Su antecesor, Jorge Salas Arenas, fue señalado por haber ejercido defensas vinculadas a casos de terrorismo. Burneo tenía la obligación de marcar distancia de cualquier sombra. En cambio, termina regalando una coincidencia que incendia la memoria nacional.
La democracia no se defiende con ingenuidad. Se defiende con memoria, firmeza y sentido de realidad.
