Roberto Sánchez no encontró una causa. Encontró un sombrero prestado, se lo puso y ahora pretende vender oportunismo como lealtad.

Roberto Sánchez descubrió tarde, pero con sagacidad, la pedagogía del trabalenguas. Un día despertó, miró el tablero electoral y tuvo una revelación. Para sobrevivir políticamente había que meterse en un sombrero. No cualquier sombrero, claro. El sombrero de Pedro Castillo.
Y así empezó la pirueta. El periquito bandolero se escondió en un sombrero. Sánchez, más aplicado, se escondió en una épica ajena. El sombrero era de paja, pero servía. Tenía memoria rural, agravio social, victimismo político y una marca todavía útil para capturar votos. Poco importaba que cuando Castillo cayó por su propio golpe, Sánchez no se inmolara por él. En la votación de la vacancia, eligió la abstención. Hoy pretende reciclar esa distancia como si hubiera sido una forma superior de lealtad. Toda una tesis doctoral del acomodo.
Luego vino la caja de cartón. La caja se llama campaña. Ahí Sánchez guardó sus contradicciones, escondió sus investigaciones, dobló sus silencios y envolvió su oportunismo con papel de redención popular. Donde antes hubo distancia, ahora hay abrazo. Donde antes hubo cálculo, ahora promete indulto. Donde antes no alcanzó el coraje para defender al jefe caído, ahora sobra audacia para ofrecerle la puerta de salida si llega a Palacio.
El problema es que el país ya conoce el juego. Primero vino el sombrero, que era el disfraz. Luego la caja, que era la campaña. Y después apareció el cajón, bastante más grande y bastante más peligroso. Sánchez lo llama asamblea constituyente. La vende como salida, como refundación, como nuevo pacto. Pero en el fondo no es más que otro escondite, esta vez no para él, sino para meter al país entero dentro del mismo fracaso.
Sánchez no encontró una causa. Encontró un sombrero prestado. Y se lo puso.
