
La tertulia
La tarde del 27 de marzo del 2008, se reunieron en un pub miraflorino tres periodistas de viejo cuño, Guillermo Thorndike, Manuel Jesús Orbegozo y Carlos el «Chino» Domínguez, con una nueva hornada de reporteros y estudiantes de Ciencias de la Comunicación. La reunión estuvo despojada de los acartonamientos escolásticos y más bien se convirtió en una amena tertulia de casi cinco horas, en la que los veteranos hombres de prensa transmitieron sus experiencias como una cátedra involuntaria, con la desinhibición que les transmitían algunas copas de pisco. Aquella tarde flotaron en el ambiente los fantasmas lejanos de Ernest Hemingway pescando marlines en Cabo Blanco, el de la Madre Teresa de Calcuta ayudando a bien morir a los agónicos en la sequía de Etiopía, el de Pol Pot asesinando en la floresta de Kampuchea y los de los ocho periodistas que encontraron una muerte insensata en una curva del poblado de Uchuraccay. Se trata de una conversación en la que se habla mucho y de muchos: del historiador Raúl Porras Barrenechea ofreciendo su cátedra en San Marcos, del escritor Alfredo Bryce Echenique llegando siempre tarde a la universidad, del periodista Alfonso Tealdo tomando sus «capitanes» triples en «El hueco en la pared», en fin. Benedetti, Martín Adán, García Márquez, una serie incalculable de personajes surgió espontáneamente de la experiencia de estos tres hombres. Lecciones de periodismo, de vida, que quedaron registradas en una cámara de mano y que hoy transcribimos, tal cual, como un legado imperdible para las futuras generaciones, más que nada porque sus protagonistas ya partieron de este mundo. Thorndike, Orbegozo y Domínguez se fueron de la mano en un año y once meses, dando cabal cumplimiento a la leyenda negra que afirma que los grandes se van de a tres. Más allá de los amores u odios que pudieron haber inspirado sus ideas, tendencias o escritos, estos tres personajes dejan como legado un fardo de vivencias valiosas que no deben perderse.

Orbegozo
El primero en llegar al pub «El Sindicato» del jirón Shell, fue Manuel Jesús Orbegozo, cuando la tarde miraflorina empezaba a envolverse en una gasa de niebla que venía del mar. Llegó solo, con la ropa que llevaba puesta y unos papeles en la mano, como había tenido que emprender muchas de sus hoy históricas comisiones. Lo esperaban ya otros periodistas como Raúl Dávila, Luis Deza, Martín Carranza y Gabriel Rimachi, junto a un pequeño grupo de estudiantes de Ciencias de la Comunicación. Orbegoso saludó a cada uno con un apretón de mano, se sentó y empezó a hablar. Rompió el hielo con una historia desconocida para sus contertulios que tuvo que buscar en algún rincón empolvado de su memoria.
“Resulta que yo estaba por el jirón de la Unión y en eso veo a una chica con sari, tengo la foto yo de esa chica. Lógicamente raro ¿no? Y me acerqué y me puse a hablar con ella en inglés. Y era una matemática famosa a la que tu le dabas, por ejemplo, ocho mil cuatrocientos trentisiete, diez números o quince números, (y le decías) raíz cuadrada…y ella te daba el resultado. Era una mujer famosa que venía presentándose en todo el mundo. Para mí era una noticia sensacional”.
“Entonces le dije: vamos a tu hotel y te voy a entrevistar, te voy a tomar fotos, etc. La enamoré en ese sentido. Fuimos al hotel, me saca pues las fotografías que tenía, para mí un banquete. Empiezo a tomar nota y en eso suena el teléfono. (Me dicen) la señorita fulana, ni me acuerdo cómo se llamaba… Yo (dije) ¿Quién habla? Del periódico Ultima Hora. ¿Qué desea usted? Hablar con ella. No, no está (contesté) pero a las 9:00 de la noche puede llamarla, a las 10:00 más o menos llega (risas). Y así por el estilo, como cinco llamadas de los periódicos que querían entrevistarla. Yo los mandé al desvío a todititos. Y estuve con ella como hasta las 9:00 o 10:00 de la noche. A esa hora me fui, escribí la nota, y al día siguiente el único periódico que publicaba la entrevista famosa a esta matemática hindú fui yo. Después no sé qué sería de ella”.
Esta experiencia dio pie a Orbegozo para hablar sobre lo que significaba la noticia en su época, un tiempo sin universidad en el que los aspirantes aprendían el oficio de sus mayores, revisando cadáveres en la Morgue, visitando lupanares, echando a perder rumas de carillas que eran tipeadas a dos dedos y por triplicado en pesadas máquinas Remington o Underwood. Todo en un ambiente enrarecido por el olor a papel, a tinta húmeda, a cigarrillos, a alcohol macerado en algún rincón.
“Eso es importante reconocer ahora para los periodistas jóvenes, que en esa época del 50, del 60, había una práctica periodística muy importante que nos hacía a nosotros vivir el periodismo… Era lo que se llamaba buscar la primicia o sea una noticia de la cual uno era el único autor. Nadie más que nosotros conocía. De tal manera que al otro día, el periódico de cada cual daba esa noticia como única. Nadie, ningún otro periódico daba esa noticia. Esos días, esos tiempos, del 50 y el 60, esas dos décadas han sido maravillosas para el periodismo, han sido, a mi juicio, las dos décadas más importantes que yo conozco. Además es mi criterio personal, que es honesto, y no tengo inclinaciones por alabar y por desacreditar ni cosa por el estilo, aunque no dejo de criticar muy duramente al periodismo actual. El periodismo actual me parece que está por las patas de los caballos…”
“Bueno, entonces, en esos tiempos, lo importante era la primicia. Cada uno de nosotros buscaba la forma de descubrir una noticia. Esa es una característica del periodismo de esos años, y la otra característica, también en términos generales y éticos, era la confraternidad, la fraternidad en el bien de nosotros. No había si no tres periódicos: había El Comercio, había La Prensa y había La Crónica. No había más periódicos. No es como ahora que hay veinte periódicos, de los cuales siguen siendo tres los importantes y el resto… Entonces había mucha camaradería entre nosotros, nos conocíamos todos, solamente a la hora de la lid, de la pelea periodística, por así decirlo, ahí es donde nos trabábamos”. (Continúa).
