El Perú no solo vota entre candidatos. A veces vota entre resentimientos, miedos y odios que otros aprendieron a administrar.

Hay dos actitudes electorales que explican parte de nuestra tragedia política. No son clases sociales ni identidades cerradas. Son estados de ánimo convertidos en voto. Una nace del abandono. La otra, de una superioridad moral que muchas veces termina nublando la razón.
La primera es el ‘alpinchismo’ electoral. Su raíz es coloquial, áspera, casi soez, pero describe con precisión al elector que siente que no tiene nada que perder. Es el ciudadano insatisfecho con su propia vida, muchas veces arrinconado por la pobreza, discriminado por su condición social, herido por el racismo o simplemente ignorado por un Estado que solo aparece para cobrar, multar o prometer. No vota necesariamente desde una ideología. Vota desde el hígado.
Su razonamiento es brutal, pero humano. Si yo estoy mal, si nadie me mira, si nadie me escucha, ¿por qué debería preocuparme que al resto le vaya bien?
Ahí entra el populista. Le pone discurso a la rabia. Le dice que sus males tienen culpables fáciles. La empresa, el rico, el mercado, el vecino que progresó. Luego ofrece sueldos por decreto, más Estado, expropiaciones redentoras y justicia social empaquetada como venganza. No libera al pobre. Lo usa.
La segunda actitud es la de los ‘cojudignos’. Políticos, activistas y ciudadanos que han convertido el anti fujimorismo en una reacción visceral. No importa el contexto, el riesgo ni la alternativa. Si algo huele a fujimorismo, debe ser rechazado, aunque al frente haya un proyecto que pueda destruir el país que dicen defender. Muchos vienen de clases medias, educadas, urbanas. No votan desde la carencia, sino desde una indignación que se cree impecable. Pero cuando el odio decide, la lucidez se jubila.
El ‘alpinchista’ puede votar para que otros también se hundan. El ‘cojudigno’ puede votar para sentirse moralmente puro, aunque termine abriendo la puerta a una sociedad inviable. Ambos, por caminos distintos, pueden ser funcionales al mismo desastre.
Quizá el Perú no se pierde solo por malos candidatos. Se pierde cuando millones votan desde la herida y otros tantos desde el prejuicio. Un país no se salva votando para que todos se hundan ni eligiendo el abismo para demostrar superioridad moral. Se salva cuando la rabia deja de mandar y la razón vuelve a votar.
