Con más del 93% del conteo oficial, Keiko Fujimori ya aseguró el primer lugar. Lo que hay que determinar ahora es qué rival podría complicarle más la victoria y hacer que pierda la contienda una vez más.

Con 93.58% de actas contabilizadas, la foto abierta de la ONPE ya ofrece una certeza y conserva una incógnita. La certeza es Keiko Fujimori, primera con 17.05%. La incógnita sigue siendo el segundo puesto. Roberto Sánchez marca 12%, mientras Rafael López Aliaga aparece con 11.91%. Entre ambos hay apenas unos 14,100 votos y algo más de distancia, una brecha demasiado corta como para dar por cerrado nada y lo bastante tensa como para convertir cada actualización del conteo en una batalla política.
A partir de ahí, el país empieza a mirar dos segundas vueltas muy distintas y, para Keiko, dos trampas muy diferentes.
La primera sería Keiko contra Sánchez. Ese escenario activa un libreto que el Perú conoce demasiado bien. La discusión deja de girar alrededor de un plan de gobierno y vuelve a orbitar alrededor del reflejo histórico del antifujimorismo. Allí aparece el dato que más debería inquietar a Fuerza Popular. Los partidos que, a priori, podrían converger en un bloque anti Fuerza Popular, rojos y caviares, sumarían, en el mejor de los casos, 53%. No se trata de asumir que todo ese caudal migraría mecánicamente hacia Sánchez. La política no funciona así. Pero sí revela que existe una reserva electoral disponible para reagruparse si la segunda vuelta vuelve a sentirse como un plebiscito emocional sobre el apellido Fujimori.
En ese escenario, el mejor caso para Keiko sería lograr que ese 53% potencial antifujimorista no se compacte. Si consigue retener su base, absorber casi todo el voto antiizquierda no sanchista y capturar una franja decisiva del centro pragmático y de una parte de la centroizquierda temerosa de un giro radical, podría moverse en una banda de 50.5% a 52.5%. Esa sería su ruta de triunfo. No ganaría por entusiasmo, sino porque una mayoría relativa terminaría viéndola como el mal menor.
Su peor escenario contra Sánchez sería exactamente el inverso. Que la elección deje de ser una comparación de capacidades y vuelva a convertirse en un plebiscito emocional sobre su apellido. Si Sánchez logra reagrupar al antifujimorismo duro y convertir el rechazo a Keiko en una mayoría operativa, la candidata de Fuerza Popular podría quedarse apenas entre 46% y 47.5%, dejando a Sánchez en una franja aproximada de 52.5% a 54%. Ese sería, en esencia, el retorno del viejo techo fujimorista.

La segunda posibilidad sería Keiko contra López Aliaga. En ese caso, el tablero cambia por completo. Ya no sería fujimorismo contra izquierda. Sería una disputa dentro del mismo gran universo de votantes. Orden, mano dura, conservadurismo, antiizquierda, voto empresarial, voto religioso y voto emocionalmente confrontacional. López Aliaga no tendría que conquistar el electorado del rival. Le bastaría con perforar el de ella.
Allí, el mejor escenario para Keiko sería lograr que la segunda vuelta se ordene no por intensidad, sino por viabilidad. Tendría que convencer a la derecha, al centro y al voto de orden de que ella representa más experiencia política, más estructura de gobierno y menos imprevisibilidad que López Aliaga. Si lo logra, podría imponerse en una banda de 50.5% a 53%, sobre todo si parte del centro y del voto moderado perciben a López Aliaga como demasiado confrontacional o riesgoso.
Pero su peor escenario contra López Aliaga sería quizá más corrosivo. Que él no la derrote por fuera, sino por dentro. Que una parte importante del electorado conservador, empresarial, religioso y antiizquierda concluya que expresa con más fuerza, más autenticidad y menos lastre histórico lo que Keiko ha querido representar durante años. En ese caso, Keiko podría caer a una franja de 45.5% a 48%, dejando a López Aliaga entre 52% y 54.5%. No perdería por rechazo externo, sino porque una parte de la derecha habría decidido reemplazarla.
Y allí entra otro factor delicado. Según una posible proyección, Lima y el exterior siguen siendo la gran reserva de López Aliaga. A eso se suma su ofensiva política por conquistar el centro y sur del país. Pero además, viene pidiendo desde hace días, a raíz de las flagrantes irregularidades que ha mostrado esta elección, fina cortesía de la ONPE de Piero Corvetto, la nulidad del proceso. Y ayer, tras una protesta multitudinaria, exigió una elección complementaria solo en Lima, su principal bastión, bajo la tesis de que allí dejó de votar un universo masivo de electores que, según su denuncia, podría incluso superar el millón. Jurídicamente esa salida puede ser muy discutible. Políticamente, en cambio, le sirve para instalar una narrativa poderosa. No perdió. Le quitaron la cancha.

Ahí está el verdadero dilema de Keiko. Contra Sánchez puede ganar si divide al antifujimorismo y puede perder si vuelve a unirlo. Contra López Aliaga puede ganar si se impone como la opción más viable y puede perder si la derecha concluye que él expresa mejor lo que ella prometió representar.
Keiko mira esta definición desde el balcón, desde la comodidad de saberse en primer lugar. Lo que todavía no termina de discernir es qué rival le conviene más. Uno que puede unir al país contra su pasado o uno que puede vaciarla desde su propio electorado.
