Sánchez ya no reclama transparencia. Reclama obediencia. Va perdiendo la elección en las proyecciones, pero pretende ganarla desde el balcón.

Roberto Sánchez volvió a subirse al balcón. No al de la victoria, sino al de la sospecha. La movilización de hoy, reducida a unos cientos de simpatizantes y contenida por una impecable actuación policial, terminó convertida en el segundo acto de una obra peligrosa. El candidato que dice esperar el final del proceso se comporta como si ya fuera presidente electo.
Desde el local partidario del Centro de Lima, Sánchez repitió el libreto de siempre. Que el pueblo ya eligió. Que ganaron distritos, provincias y regiones. Que el mapa se pintó de verde, de verde esperanza, de verde ambiente. Bonita postal para una narrativa bastante menos inocente. Detrás de esa poesía cromática no hay defensa del voto. Hay fabricación de agravio.
El problema no es que cuestione. En democracia se puede reclamar, impugnar y fiscalizar. El problema es convertir cada recurso en relato de robo. Cambio de reglas, cadena de custodia, votos del exterior, patrones sospechosos. Todo calza en la misma conclusión emocional. Hacerle creer a la gente que le arrebataron lo que las autoridades electorales aún no han terminado de resolver.
Sánchez dice que la contienda no ha concluido, pero al mismo tiempo se proclama ganador. Denuncia una dictadura parlamentaria de la señora K, aunque él mismo es congresista. Habla de recuperación de la democracia, pero desconoce tácitamente los cauces institucionales apenas dejan de servirle. No quiere esperar a la ONPE ni al JNE. Quiere que la calle dicte sentencia.
La policía hizo lo correcto. Acompañó, contuvo y no permitió que la marcha degenerara en el vandalismo acostumbrado. También corresponde destacar la decisión del alcalde Renzo Reggiardo, que protegió y cercó el Centro Histórico antes de que la épica de cartón buscara convertirlo en escenografía de conflicto.
El dato de fondo, sin embargo, es otro. Sánchez anuncia más movilizaciones y promete hacer respetar la voluntad del pueblo. Traducido al castellano político, si el resultado no me favorece, presiono hasta torcerlo. Cuidado. La protesta es un derecho, pero la perturbación del orden público, los disturbios o el intento de subvertir una decisión electoral por presión tienen consecuencias penales.
La justicia electoral no es Sánchez. La voluntad popular no se decreta desde un balcón ni se inventa con arengas. El Perú no puede quedar rehén de un candidato que confunde derrota con fraude, balcón con tribunal y calle con urna.
Sánchez está jugando con fuego en un polvorín. Y las instituciones tienen que ponerle freno antes de que la chispa se disfrace de pueblo y el incendio de voluntad popular. El derecho a manifestarse no puede confundirse con el derecho a quebrar la democracia. La calle puede protestar, pero jamás sustituir a la urna, al acta ni a la ley.
