Prometió investigar firmas falsas, habló de nulidades y dejó que el tiempo hiciera su trabajo. Ahora anuncia una auditoría electoral sin respuestas claras. Con Burneo, el reloj parece correr siempre a favor de la convalidación.

Roberto Burneo no llega limpio a esta nueva crisis electoral. Llega cargando una mochila pesada y documentada, la de sus propias promesas incumplidas.
Cuando las denuncias periodísticas revelaron el escándalo de las firmas falsas, los comités fantasmas y las afiliaciones indebidas, Burneo eligió el tono grave. Prometió fiscalización, peritajes y eventuales nulidades. El problema es que el expediente siguió creciendo, los plazos siguieron corriendo y la autoridad terminó mirando el reloj más que el delito.
La frase que más ruido hizo fue ‘maquinaria de firmas’. Con eso, Burneo reconocía que no estábamos ante simples errores administrativos. Estábamos ante la posibilidad de un mecanismo organizado para burlar los requisitos de inscripción partidaria.
Luego vinieron los ofrecimientos.
Se habló de peritajes. De revisión técnica. De informes. De fiscalización. De posibles nulidades. También se dijo que ningún partido inscrito fraudulentamente debía continuar en carrera. Pero pasó mayo. Pasó junio. Pasó julio. Llegó agosto. Y lo que empezó como una promesa de limpieza institucional terminó convertido en una explicación tardía sobre plazos, limitaciones legales y hechos supuestamente ya consumados.
El resultado fue brutal. Muchos partidos cuestionados siguieron adelante. Varios llegaron a competir. Y el país terminó en una elección hiperfragmentada, contaminada por sospechas que pudieron enfrentarse antes, pero no se enfrentaron con la firmeza ofrecida.
Por eso la nueva auditoría exhaustiva al proceso del 12 de abril no puede analizarse como si cayera del cielo. Tiene un antecedente directo. Burneo ya prometió investigar una vez. Ya habló de actuar. Ya dejó entrever consecuencias. Y al final, el tiempo pasó.
Entonces la pregunta cae sola. ¿Por qué habría que creerle ahora?
Se anuncia una auditoría electoral, pero las preguntas esenciales siguen abiertas. ¿Quién la hará? ¿Qué auditará exactamente? ¿Actas, software, transmisión, digitación, cadena de custodia? ¿En qué plazo? ¿Con qué efectos? ¿Se esperará el resultado antes de proclamar? ¿O será apenas un informe decorativo para cerrar políticamente la crisis?
Ese es el centro del problema. No se trata solo de auditar. Se trata de saber si la auditoría tendrá consecuencias reales o si será otra puesta en escena institucional para administrar la indignación ciudadana.
En el caso de las firmas falsas, el tiempo pasó y la sanción se evaporó. En el caso de la auditoría electoral, el tiempo vuelve a pasar mientras el país espera respuestas. Demasiada coincidencia. En manos de Burneo, el calendario parece haberse convertido en la herramienta perfecta para la inacción, la convalidación y el olvido.
Y en ambos casos hablamos de presuntos hechos de enorme gravedad, con posibles delitos que afectan el corazón mismo de la democracia.
La credibilidad no se proclama. Se construye. Burneo la viene gastando desde que prometió limpiar la cancha electoral y permitió que el partido siguiera jugándose sobre barro.
