Sánchez no perdió por colores, perdió por votos. Sigue pretendiendo convertir derrota en relato, diálogo en chantaje y mapa verde en legitimidad paralela.

‘Ese Perú pintado de verde es el Perú legítimo que va a tener su proyecto alternativo’, ha dicho Roberto Sánchez tras varios días de silencio. Y cuando le preguntan si aceptaría dialogar con Keiko Fujimori, condiciona cualquier conversación al recuento de actas y votos. Dos frases bastan para entender el fondo del mensaje.
Sánchez ha vuelto de la mudez con una declaración que revela más de lo que seguramente quiso decir. Al hablar del ‘Perú pintado de verde’ como el ‘Perú legítimo’, no solo intenta convertir un mapa electoral en certificado de victoria. También desliza una idea peligrosa, profundamente divisiva y democráticamente inaceptable.
Sí, Sánchez ganó en más regiones. Pero las elecciones presidenciales no se definen por hectáreas, regiones ni colores en un mapa. Se definen por votos. Y en votos perdió. Por casi 50 mil. Un margen estrecho, sin duda, pero más amplio que el de las últimas tres segundas vueltas. La democracia no premia al que colorea más territorio, sino al que suma más ciudadanos.
La expresión ‘Perú legítimo’ merece especial atención. ¿Qué quiere decir exactamente? ¿Que los peruanos que votaron por Keiko Fujimori son ilegítimos? ¿Que las regiones donde no ganó Sánchez pertenecen a un país de segunda categoría? ¿Que el voto exterior vale menos porque no le favoreció? Esa lógica no construye oposición. Construye confrontación política.
Tampoco queda claro de qué ‘proyecto alternativo’ habla. En democracia, el proyecto nacional no le pertenece al derrotado ni al ganador en exclusiva. Le corresponde al gobierno electo conducir y a la oposición democrática fiscalizar, proponer y corregir. Lo demás es fabricar una república paralela desde la frustración.
Luego viene el falso diálogo. Cuando le preguntan si conversaría con Keiko Fujimori, Sánchez responde condicionando todo al recuento de actas y votos. Es decir, no dialoga para contribuir al país, sino para imponer una exigencia que no está prevista como capricho del perdedor. Eso no es apertura democrática. Es chantaje político envuelto en discurso moral.
Y ahora anuncia que irá a la CIDH, como si una instancia internacional pudiera reemplazar al sistema electoral peruano o detener, por deseo partidario, una proclamación que corresponde al JNE. Puede recurrir donde quiera. Lo que no puede hacer es venderle a su militancia la fantasía de que perdió porque le arrebataron la patria.
Sánchez quiso vestirse de demócrata, pero sus palabras lo desnudan. Entre el mapa verde, la legitimidad selectiva, el diálogo condicionado y la épica del fraude, ya no parece defender votos. Parece administrar una derrota con cálculo, resentimiento y amenaza.
La democracia no se acepta por zonas ni se reconoce solo cuando favorece. Se respeta completa, sobre todo cuando se pierde.
